Hacia un mundo light y ¿feliz?
Álvaro Ramírez Velasco
Desde mi punto de vista, se pone en riesgo la libertad de conciencia de los individuos cuando los Estados comienzan a legislar sobre el albedrío.
Se camina hacia un mundo posiblemente “feliz”, pero en el que la individualidad se pierde y con ella la pluralidad, la libertad de pensamiento y las consciencias sociales e individuales.
El británico Aldous Huxley representó en su novela Un mundo feliz, un escenario en el que la humanidad ha avanzado al grado que todos son saludables, hay tecnología al servicio del hombre, se han erradicado la guerra y la pobreza y, aparentemente, todos son felices y, si no, para eso hay pastillas de Soma, que combaten la tristeza.
Sin embargo, en esta sociedad ya no hay familias, ni diversidad cultural, ni arte. Desde antes de nacer, se determina qué rol desempeñará cada individuo y se le clasifica según sus predeterminadas aptitudes.
Aunque no deja de ser una novela de ciencia ficción, la sociedad utópica que imaginó Aldous Huxley nos muestra una ventana a lo posible, si es que los Estados siguen legislando para regular la voluntad de las personas.
Por ejemplo, en México, y más específicamente en el Distrito Federal, actualmente se vive una especie de fiebre hacia la imitación de actitudes europeas, en las que el albedrío se regula, se anula, en nombre de un supuesto “bien común”.
Aquí, en la capital del país, la Asamblea Legislativa endureció las penas contra los fumadores, con la Ley de Protección a la Salud de los No Fumadores en el Distrito Federal, que prácticamente expulsa de los lugares públicos a quienes gustamos del tabaco.
Se ha anulado también la decisión individual de asistir a lugares en los que se fuma, pues con el nuevo ordenamiento prácticamente dejarán de existir. Se cancela el libre albedrío.
Si bien la ley se cumple actualmente a medias, han comenzado a cambiar los usos y costumbres de los capitalinos. Alguna vez le pregunté a una profesora, en la preparatoria, por qué no fumaba en la calle, a lo que me contestó: “¿Alguna vez has visto fumar a una mujer en la calle? En la calle sólo fuman las prostitutas”, me dijo, y conste que fue una fémina la que hizo ese juicio de valor machista.
Pero, ciertamente, casi ninguna mujer fumaba en la calle. Ahora, eso ha cambiado, pues la calle, al aire libre, es prácticamente el único lugar para fumar legalmente.
Pero hay otro ordenamiento que me preocupa: la Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, que entró en vigor el pasado 8 de marzo, y con el que se consideran “violencia contra la mujer” y faltas administrativas las miradas lascivas y los piropos.
Ahora, hay que mirar sólo al frente y ni por equivocación halagar la belleza de una mujer, pues si no, se es “agresivo”. Hay que ser honestos, incluso hay mujeres a las que les gustan las miradas, siempre que no pasen de la coquetería masculina. Otra vez, se atenta contra el libre albedrío de “agresores” y “agredidas” según esta ley.
¿Qué sigue? ¿Una ley que prohíba beber alcohol? ¿Otra que prohíba gemir cuando se hace el amor? ¿Una más que limite la cantidad de sudor que puede expeler un individuo cuando viaja en el Metro? Claro que estoy exagerando, pero yo rechazo ese mundo feliz que buscan los Estados al legislar sobre el albedrío. Prefiero la tristeza con llanto, la alegría con carcajadas, la pasión con sudor y, como dice Joaquín Sabina, el whisky sin soda y el sexo sin boda.
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