Emofobia es la moda
Lorenzo Delfín
Es difícil comprender a cabalidad el propósito de esa especie de cofradía juvenil llamada “Emo” que con una estética muy característica y, por tanto, inconfundible, en la que predominan los pantalones entubados, sumamente ajustados, imperan los colores negro y morado, y el cabello en greña parcialmente cubriendo la cara, ha invadido las calles, plazas y conciertos musicales (con obligados distintivos góticos) en todo el mundo.
Su acelerada reproducción se vigoriza por varias vías, cuatro de ellas principales: por la red cibernética; mediante publicaciones “especializadas”; por imitación, y por encuentros casuales.
Muestran congruencia, es cierto, con la definición de la palabra misma (“Emo” es una contracción de “Emocional” o “Emotional”): rinden culto a la melancolía como el estado de ánimo perfecto en el mundo de angustia que ellos se han creado. Son, en apariencia, pacíficos y, en el fondo, opositores al orden establecido, pero no inofensivos. Tampoco son ajenos al consumo de drogas, aunque esto no es indispensable.
Su condición de abatimiento permanente se fortalece con el estado silencioso e introvertido que exhiben ante el resto de los mortales que, prejuiciosos, los juzga y clasifica como vándalos y escoria social. Y si un peligro representan los “Emo”, es contra ellos mismos: muchos consideran el suicidio como una salida natural a la inestabilidad emocional que padecen, pero que no reconocen como tal.
Como los “pachucos” y los “hippies” que escandalizaron a las castas conservadoras en distintas décadas del siglo pasado, los “Emo” son literalmente perseguidos por otros sectores de la sociedad que creen detentar lo más pulcro de las formas civilizadas y que, en nombre de la defensa de las “buenas costumbres”, los vapulean al grado de racismo pedestre, sin revisar que su intolerancia los coloca en circunstancia peor a la de los grupos que atacan.
Me refiero concretamente a la conducta que en ese sentido se ha desparramado en el Distrito Federal y los estados de Querétaro y Durango, donde en días pasados grupos antagónicos a los “Emo” se organizaron (también por la red de Internet, para no ser menos) con un objetivo coincidente: emprenderla con furia y a garrotazo limpio en contra de los extravagantes jóvenes y su pesimista filosofía.
Se polemiza respecto a que es resultado de una confrontación con otros grupos como los llamados “punketos” o “darketos” en la disputa de espacios e imposición de modas, con preferencias similares sutilmente matizadas. Pero no pasa por alto que estas postales de intransigencia se den en territorios donde los liderazgos políticos, que necesariamente deben tener impacto en lo social, son en apariencia diametralmente opuestos entre sí, pero unificados por sus medievales formas de imponer el “orden”; preocuparía, entonces, que la supresión de esas expresiones sea instigada desde esos círculos de poder regional, que en realidad ponen a la vista sus respectivos delirios de “liderazgo” con rúbrica dictatorial y vengativa.
Los “Emo” tienen derecho a existir. Podrán no ser el prototipo de una juventud rebelde, pero nadie, y menos por prejuicios, puede arrogarse el derecho de combatirlos como se hace en aquellas tres entidades. Ahí se conjugan, sin más, tres versiones atroces del limitado concepto de libertad que, por un lado, difunden los gobiernos de ultraderecha, también en detrimento de las mujeres y de los homosexuales; en contra de los pobres que “tuvieron la ocurrencia” de nacer humildes y de los estudiantes que tienen la desdicha de pensar de manera distinta a gobernadores que, como el de Querétaro, creen ser figuras con patente divina para arrebatar e imponer. Por otro, desnuda a una supuesta pero sí hipócrita y embustera izquierda que hace del DF “su” principal trinchera de lucro político, y reafirma la forma bestial en que el PRI continúa ejerciendo el poder que le han dejado.
Tres gobiernos. Tres absurdos.
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