Estados Unidos: el perdonavidas
Azucena del Campo

Llega un individuo a una cantina, mira a todos los presentes con aire amenazante, se acomoda los pantalones, se arremanga, saca un papel de la bolsa de la camisa y enseñándolo a la concurrencia dice sin preámbulo: “a todos los que traigo en esta lista los voy a matar”. La mayoría se asombra, algunos se atemorizan, pero casi todos optan por bajar la vista y fingir que no oyeron. Sólo uno se levanta de su silla y se dirige al recién llegado, “¿estoy en tu lista?”, le dice. El bravucón, tranquilo, contesta: “¿cómo te llamas?”. Francisco Chirinos, dice el otro. “Permíteme revisar” y, después de unos segundos, “sí, aquí estás”. El parroquiano monta en cólera, se le enciende la mirada, coge por el cuello al de la lista y lo zarandea fuertemente al tiempo que le espeta, “¿a mí me vas a matar desgraciado?”. Y el de la terrible sentencia responde de inmediato: “No hay problema, si no te parece, te borro”.

No me queda claro si el cuento arrancó de usted, mi querido lector, aunque sea una leve sonrisa; no obstante, me permití contarlo porque ilustra adecuadamente el tema de hoy: Estados Unidos retiró a China de la lista de países a los que considera “violadores sistemáticos” de las garantías individuales. El cuento contado arriba no precisa la calidad moral del ajusticiador; en el caso de los Estados Unidos, sí haremos un repaso de la moral, de los méritos, que tiene el enlistador de los violadores de los Derechos Humanos; un repaso breve tan sólo, porque un censo completo de las atrocidades del imperialismo norteamericano está todavía por completarse y aseguro que llenará millones de documentos.

¿Quiénes son los angelitos que elaboran la lista? Los gobernantes de un país que ha invadido a Afganistán y a Irak, países a los que no se permite la entrada de la prensa internacional, por lo que las matanzas sólo pueden calcularse con aproximación, pero hay quienes sostienen que llegan a 600 mil personas; en Irak, gracias a la intervención de Estados Unidos, los iraquíes que han sobrevivido tienen colapsado su sistema sanitario y su sistema educativo y más de cuatro de cada diez sobreviven con menos de un dólar al día. Los defensores de los Derechos Humanos tienen 600 presos sin juicio y sin defensa posible en Guantánamo, mantienen en la semiesclavitud a decenas de miles de migrantes mexicanos en los campos de Florida, produciendo jitomate para el mercado y para la empresa Burger King, todo ello sin contar los millones de millones de horas hombre de trabajo que cada día les dejan de pagar a sus obreros.

Estados Unidos ha hecho de la incongruencia toda una industria. Mientras, por un lado, proclama defender un principio, por el otro, lo vulnera descaradamente. Así como califica el respeto a los Derechos Humanos, los arrasa consuetudinariamente. Mientras paga por torturar a decenas de miles en el mundo, como acaba de denunciarlo una organización norteamericana de veteranos de guerra, que se llama Winter soldier, se ensaña, echándole toda la prensa y la opinión pública, con el gobernador del estado de Nueva York, que pagó por una noche con una mujer. En la escala de valores de los políticos norteamericanos es más censurable usar fondos públicos para una noche de placer que usar dinero de los contribuyentes para 1,825 días y noches de terror y matanzas en Irak.

No obstante sus bravatas, en Estados Unidos el horno no está para bollos. La crisis está en marcha y cada vez son más las voces que alertan que “mañana va a estar peor”. Aunque yo personalmente ya la consideraba muy grave y profunda, no ha dejado de llamarme la atención que haya analistas que empiecen a compararla con la crisis de 1929. La caída del dólar es gravísima, no compite ni con el euro ni con el yen, e importantes bancos recomiendan a sus clientes que si quieren cuidar su dinero no inviertan en dólares. En lo que va del año, los precios de las acciones de algunos de los más importantes bancos de Estados Unidos se han ido al suelo: las acciones del banco Bear Stearns han caído 94 por ciento y los dueños han tenido que vender, lo poco que les quedaba, a J.P. Morgan; las de Lehman Brothers han caído 50, las de Citigroup 35 y las de Morgan Stanley 30 por ciento. Y éstos son sólo los más graves, los que están en terapia intensiva, pero muchos otros no pueden presumir de gozar cabal salud. Como se ve, cada vez son menos los pueblos que tienen motivos para respetar la listita de los Estados Unidos.

 


 

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