La crisis en Estados Unidos, problema estructural
Abel Pérez Zamorano

En la Convención de Breton Woods en 1944, en los Estados Unidos, los países líderes del mundo diseñaron un mecanismo monetario que protegiera a las economías capitalistas de otra crisis regional, o global, como la Gran Depresión de 1929-1933, cuyas secuelas devastadoras se sentían aún. Además de crear el FMI y el Banco Mundial, quedó ahí resuelto que todos los países respaldarían sus monedas en dólares, no estando cada uno de ellos obligado a hacerlo directamente en oro; sin embargo, el dólar sí debía hacerlo, con lo que en última instancia todas quedaban respaldadas por el oro. Cuando en 1971 Richard Nixon abandonó unilateralmente ese esquema, tenía muy clara la supremacía económica indiscutible de los Estados Unidos, razón suficiente para que el dólar fuera aceptado con toda confianza. Tan era así, que en la práctica financiera se adoptó como principio básico que los bonos de deuda de los Estados Unidos eran inversión de riesgo cero, pues no cabía temor fundado de insolvencia. Así, de un lado, la capacidad de emitir moneda por la libre permitió a la superpotencia comprar en el exterior y consumir por arriba de sus capacidades, apoyándose en su calidad de primera economía; pero, de otra parte, creó también la posibilidad de inundar al mundo con dólares, causa, en parte, de su actual devaluación.

Pero las cosas han cambiado, y Estados Unidos viene cayendo cada vez con más frecuencia en crisis. A la recesión de 1991, siguió un breve período de prosperidad, para caer, nuevamente, en 2001, en un estancamiento prolongado, que hoy se convierte en recesión. De acuerdo con todos los indicadores, hoy se debate en la crisis más aguda de las últimas décadas, que se manifiesta, entre otros síntomas, en creciente desempleo, devaluación y quiebra de bancos importantes, seguido esto de una crisis de confianza en el gobierno. 

La potencia imperial, después de ganar la Guerra Fría con la caída de la URSS en 1991, no ha seguido desarrollándose con el mismo impulso, y ha ralentizado su crecimiento y su capacidad competitiva ante otras economías, como China, Europa y Japón; a manera de símbolo, la emblemática industria automotriz Toyota se impone en el liderazgo global. Todo esto ha redundado en un déficit gigantesco de la balanza comercial, que crece y crece: hacia el año 2000 representaba el 4.5 por ciento del PIB norteamericano, y hoy rebasa el 7 por ciento (era de 379 mil 835 millones de dólares, y en 2007, de 708 mil 515mdd.). De singular importancia es el hecho de que Estados Unidos no sólo adquiere en el exterior bienes de consumo, sino cada vez más bienes de capital, como maquinaria y vehículos de trabajo, además del 70 por ciento del petróleo que emplea, y cuyos precios se han disparado a niveles históricos.

Como consecuencia de su debilitada capacidad de competir, no atrae las divisas necesarias mediante la exportación, y el diferencial debe ser cubierto con deuda, misma que viene creciendo, lógicamente, ante los países que están ganando la competencia comercial, como China y Japón. La deuda era en el año 2000 de 5.6 billones de dólares; en 2008 es de 9.6 billones de dólares. Asimismo, la inversión se ve menguada y depende cada vez más del ahorro externo. En este contexto, el dólar se devalúa frente a otras divisas fuertes como el yen, la libra esterlina y el euro; ante este último, en el año 2000 se cotizaba casi uno a uno, pero ahora se requieren 1.5 dólares por cada euro. Como resultado, aumentan los países que tienden a reducir la proporción de dólares en sus reservas.

Hay quienes  han atribuido la devaluación a una estrategia de la Reserva Federal para estimular las exportaciones; sin embargo, la evidencia indica que el dólar por sí mismo tiende a devaluarse, y sigue haciéndolo, respondiendo a circunstancias estructurales, relacionadas con el debilitamiento de la economía en su conjunto; de todas formas, la devaluación no detuvo la tendencia deficitaria en la balanza comercial. 

Las medidas adoptadas para conjurar la crisis han sido no sólo ineficaces, sino algunas, incluso, incongruentes con el modelo económico. En una frenética búsqueda de mercados y materias primas baratas se ha aplicado a fondo una política militarista en la cual se inscriben las invasiones a Afganistán e Irak. Los gastos militares constituyen con mucho el rubro principal del presupuesto de los Estados Unidos, y aumentan vertiginosamente, en un esfuerzo de incentivar con gasto público la economía, vía la industria militar: Keynes es negado en la teoría, pero aplicado a ultranza. Pero los cálculos han fallado y las aventuras guerreras no han dado el fruto esperado; como coloquialmente se dice, ha salido peor el remedio que la enfermedad: la actual aventura guerrera, según Joseph Stiglitz en reciente libro, acumulará un gasto de un trillón de dólares, y ha agudizado el desequilibrio macroeconómico, propiciando la desatención creciente de necesidades sociales. Y, como ocurría con las economías latinoamericanas de los años setenta, el déficit fiscal, es decir, el exceso en el gasto de gobierno contra sus ingresos, es hoy enorme: en 2000 era de 149 mil millones de dólares, y en 2008 es de 192 mil millones.  

La estrategia aplicada ha incluido la presión sobre países débiles, como los de Latinoamérica, para que abran sus economías mediante tratados de libre comercio. Además, la Reserva Federal ha venido aplicando, sin éxito alguno, como lo muestran los resultados, la reducción en las tasas de interés, para estimular crédito y consumo. Asimismo, se viene imponiendo una política cada vez más proteccionista, por ejemplo los aranceles al acero, para frenar las importaciones, además de otras barreras no arancelarias. Ninguno de los remedios aplicados hasta hoy ha dado resultados, y la razón de ello es que la crisis actual no es un mero accidente debido a circunstancias coyunturales, sino consecuencia obligada de fallas estructurales, inmanentes al modelo económico otrora exitoso, que muestra síntomas cada vez más agudos de agotamiento.


       

 

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