Turismo popular
Brasil Acosta Peña

México cuenta con una inmensa gama de lugares turísticos para visitar, lugares que guardan la riqueza histórica de nuestra tierra. La vida prehispánica, vasta y rica como fue, nos legó, en sus inmensos monumentos, la enorme cantidad de horas de trabajo humano encerrados en ellos, su filosofía, su cosmogonía, su religión, etc. De las pirámides de Teotihuacán, la del Sol se encuentra entre las más grandes del mundo; la pirámide llamada “El Castillo”, en Chichen Itzá, además de su belleza, refleja el conocimiento que los Mayas, gracias a la observación, tenían de las matemáticas (pues hay que recordar que ellos descubrieron el concepto del “cero” antes que muchas otras culturas) y de la posición de los astros (en Chichen Itzá hay una pirámide que se llama “El Observatorio”), pues en el equinoccio de primavera, el 21 de marzo, majestuoso juego de sombras y luces reviven a Kukulcán, la serpiente emplumada. En Veracruz, la cultura Totonaca (según algunas versiones significa: tutu, “tres”, nacu, “corazón”: tres corazones), dejó perpetuada para la historia la pirámide de “Los Nichos” en el Tajín. El número de tales nichos es de 365, que corresponde al número de días que tiene el año; también nos legaron a los majestuosos “Voladores de Papantla”, los cuales conforman una pirámide cuando descienden desde las alturas, dando 13 vueltas que, multiplicadas por cuatro “voladores”, hacen un total de 52 que es el número de semanas con las que cuenta el año, lo cual no parece ser una coincidencia. Tula, en Hidalgo; Moltealbán, en Oaxaca; Palenque, en Chiapas; Kalacmul; en Campeche, Tenochtitlan, en el Distrito Federal, entre otras tantas zonas arqueológicas, confirman la grandeza de nuestra historia.

Ahora bien, con la llegada de los españoles en el año de 1519 y la conquista de la gran Tenochtitlan en agosto de 1521, la mezcla de culturas fue forzada y floreció una nueva: la cultura mestiza. Con ella, el desarrollo de una nueva arquitectura, muchas veces creada sobre las ruinas de edificaciones existentes antes de la llegada de los españoles. Esta arquitectura, en sus diferentes estilos (gótico, barroco, etc.), muestra también la riqueza cultural que en ella se encierra, pues representa las diferentes corrientes culturales desarrolladas en Europa y edificadas en nuestro país. Por eso, visitar Puebla, el Distrito Federal, Campeche, San Luis Potosí, Morelia, Guadalajara, Zacatecas, Oaxaca, etc., deja en nosotros una sensación de belleza imponente.

Si a las bellezas construidas por el trabajo del hombre les adicionamos las bellezas naturales, las cosas se magnifican por sí solas: Cancún, en Quintana Roo; las cascadas de agua azul, en Chiapas; Puerto Escondido, en Oaxaca, Acapulco e Ixtapa Zihuatanejo, en Guerrero; Manzanillo, en Colima; Puerto Vallarta, en Jalisco; Nuevo Vallarta, en Nayarit; Mazatlán, en Sinaloa; Los Cabos, en Baja California Sur; Topolobampo, en Sonora; Janitzio, Zirahuen, y las demás lagunas naturales, junto al santuario de la mariposa Monarca, en Michoacán, etc., son un muestrario de la riqueza natural con que cuenta nuestra patria.

Sin embargo, y ahí está la madre del cordero, el problema es que tenemos tanto y a la vez no lo tenemos. Efectivamente, un requisito para poder visitar estas maravillas es tener recursos económicos para hacerlo. Todo viaje representa gastos. De esta forma, millones de mexicanos que saben de la existencia de playas tan hermosas como las de Cancún o de Cozumel nunca han tenido la ocasión de estar en ellas a lo largo de su vida y, dada su situación económica, no podrán estar jamás. En la imposibilidad de conocer las bellezas naturales de la patria propia se refleja, también, la contradicción de una sociedad en la cual la riqueza está  injustamente distribuida. Veamos.

La jornada de trabajo del obrero se divide, fundamentalmente, en dos partes: aquella en la que el obrero trabaja para reponer el valor de su fuerza de trabajo, es decir, el valor de los llamados medios de vida: ropa, transporte, vivienda, alimentación, recreación, etc., que sirven para producir y reproducir la fuerza de trabajo. La segunda parte de la jornada es la que el obrero trabaja gratis para el patrón, en la cual se forma la plusvalía, que es la base para la ganancia del capitalista. Pues bien, en México nadie duda que el salario mínimo que se paga es bajísimo e insultante y que, por tanto, la parte de la jornada de trabajo que sirve para reponer la fuerza de trabajo del obrero apenas ajusta para malvivir día con día y que no deja para la recreación. En otras palabras, en el salario que se paga en México no se contemplan las vacaciones de los obreros, están, de facto, impedidos para conocer su propia patria.

Por lo mismo, debemos pugnar por un turismo popular. Las empresas deben pagarle al obrero unas vacaciones dignas que le permitan, con toda su familia, disfrutar de los lugares descritos arriba. Ésta es una forma adicional de distribuir la riqueza generada por el trabajo de los obreros. No debe haber un solo obrero en México, un solo mexicano, que no conozca y disfrute de su patria. Con las políticas aplicadas hasta ahora, el disfrute de nuestras bellezas queda a cargo de los poseedores de la riqueza, aunque no producida por ellos. ¿Debe seguir así?

 

 

 

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