Calderón revive a "Chelelo"
Lorenzo Delfín
En materia diplomática y en política interna, al gobierno mexicano le ocurre lo que a Eleazar García “Chelelo” le sucedía en las rancherísimas películas mexicanas donde habitualmente actuaba como patiño del personaje central: cada que intercedía por su “patrón” en cualquier trifulca, recibía una tunda memorable.
En este caso, el gazapo de la diplomacia es un episodio de la vida real, muy alejado de las producciones del cine mexicano más representativo de las costumbres nacionales (al que, por cierto, muchos creadores mexicanos perseveran en destrozar), con Ecuador, Colombia y Venezuela como la tríada de actores envueltos en una bronca verídica, y con México como cuarto personaje en la querella que desató el gobierno de Álvaro Uribe Vélez al masacrar en territorio ecuatoriano a integrantes de un campamento de las Fuerzas Armada Revolucionarias de Colombia (FARC), entre los cuales había como invitados estudiantes mexicanos.
En medio de la tirantez en que derivó el ataque colombiano, el gobierno de Felipe Calderón suprimió el interés natural que cualquier gobierno tendría por las circunstancias en que mueren unos de sus ciudadanos y la suerte de una sobreviviente, y se esforzó en lanzar al mundo una inoportuna proclama pacifista y de diálogo entre las partes, por querer retomar, ahora erróneamente, el espíritu de la Doctrina Estrada que tanto relumbrón le atrajo a México en el pasado.
En el centro de la reunión de Río, celebrada en República Dominicana, al menos Venezuela (auto-invitado al conflicto) y Colombia limaron asperezas, y Ecuador abría camino para una solución pacífica. México, en cambio, quedó colgado de la brocha y enfrenta aún, en terreno propio, el ajuste de cuentas por su conducta hipócrita.
Diversos sectores sociales, la comunidad estudiantil y la izquierda en general le recriminan haberse sometido a los intereses del “patrón de la película”, personificado por George W. Bush, quien para buscar mantener la hegemonía y control de sus intereses estratégicos en el Cono Sur, que hierve de gobiernos contrarios al sometimiento al imperialismo gringo, se sirve de presidentes sumisos, como Uribe y Calderón y los convierte en lacayos y sirvientes en el patio trasero norteamericano.
Sin escrúpulos, con el “Plan Colombia” Bush ha financiado todas las operaciones bélicas de este país en aquella región. Sin recato incitó u ordenó también la incursión militar en Ecuador para aniquilar a sus adversarios ideológicos, y de paso indujo a un conflicto internacional para “recuperar” parte del terreno perdido por el severo revés que le propinó el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, al concretar la liberación de rehenes de las FARC. Al mismo tiempo, dio una lección a sus enemigos regionales y reafirmó sus propósitos imperialistas en América.
El atolladero fue utilizado por el presidente Calderón para, de manera más que tramposa, exhibir a las instituciones de educación pública, como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto Politécnico Nacional (IPN), donde cursaban sus estudios algunos de los jóvenes mexicanos asesinados, como fábrica de guerrilleros.
El desgaste y el descrédito instigado a esas instituciones, por el uso mañoso de esa imagen, va en provecho de las universidades privadas, uno de los propósitos de un gobierno de derecha, que se encuentra atado a los compromisos contraídos con los dueños del gran capital nacional y extranjero, los que de facto determinan las políticas públicas en México. Así, la visión del gobierno calderonista en materia educativa se reduce a la supresión de todo vestigio de reivindicación y orientación social, privilegiando la formación del ciudadano con carácter exclusivista y tendencia patronal.
En esta reedición de un western de Bush, Calderón le demuestra al mundo el papel oprobioso que desempeña, en sacrificio de quienes deberían ser su prioridad.
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