Las bellezas de la sociedad dividida en clases
Azucena del Campo

Comparto con mis lectores una noticia aparecida en importante diario de circulación nacional. Un informe oficial en Estados Unidos revela que poco más de uno de cada 10 estadounidenses está encarcelado, es decir, que ese país tiene en la cárcel a 2.3 millones de personas, lo que significa la mayor tasa de encarcelamiento en el mundo. Un defensor del American way of life bien podría decir que allá, en aquellas tierras, la impunidad no existe, que esos datos demuestran que en Estados Unidos el que la hace la paga, pero yo no soy tan optimista, para mí significa que aquéllo, simplemente, no anda muy bien.

La cárcel, si no estoy mal en mis concepciones, debe ser para elementos excepcionales, raros, que por una u otra razón agreden a la sociedad y ponen en riesgo su armonía y su paz. Pero cuando el castigo social se vuelve una norma como es el caso que nos ocupa el día de hoy, bien cabe preguntarse qué es lo que está pasando.

Para mí, la delincuencia tiene su explicación última, en primer término, en el hecho de que existan grandes masas de seres humanos que carecen hasta de lo más indispensable. Y, atrás del progreso y el lujo que presume la sociedad norteamericana, existen decenas de miles de norteamericanos cuya existencia es de lo más precaria y dolorosa. Parece que los pobres no existen, pero cuando la naturaleza ha azotado, cuando hace calor extremo, aparecen quienes se mueren deshidratados porque no tienen aire acondicionado, cuando hiela, aparecen muertos de frío los que no tienen casa y los que teniéndola no cuentan con dinero suficiente para comprar combustible y calentarla, cuando azota un huracán como Katrina, aparecen las masas de pobres que deambulan clamando por lo indispensable. Estados Unidos está lleno de multimillonarios poderosísimos que se dan el lujo de gastar, como en Irak, 12 mil millones de dólares al mes para hacerse de mercados para sus mercancías y está, como queda dicho, lleno de pobres que carecen hasta de lo más indispensable.

La delincuencia está también vinculada a la ignorancia. No hace mucho, apareció una investigación en la que se preguntaba a ciudadanos al azar, en Estados Unidos, que si sabían de qué país europeo era la capital Budapest; el periódico que daba la noticia apuntaba que muchos de ellos no sólo contestaron que no sabían, sino que apenas se enteraban de que Europa no era un país. No en balde la educación superior se concentra cada vez más en instituciones privadas que cuestan decenas de miles de dólares al año y que están muy lejos de las posibilidades del ciudadano común, y no en balde el gasto gubernamental para prisiones se ha incrementado un 127 por ciento en los últimos 20 años, mientras que el gasto para la educación superior sólo ha aumentado un 27 por ciento.

Para explicar el encarcelamiento de tanta gente en Estados Unidos, también hay que recurrir al hecho de que aquella es una sociedad cuya producción está impulsada por el afán de la ganancia y que, para ello, obligadamente, las mercancías tienen que venderse. Para un empresario, la riqueza en forma de mercancías no significa nada (o significa un estorbo) hasta que se convierte en dinero. Por esa elemental razón se ha levantado una descomunal sociedad de consumo en la que se exacerba la publicidad y se iguala la felicidad con la posesión de mercancías, aunque éstas  sean porquerías que no sirven para nada.

Una sociedad con sus hijos en la cárcel es una sociedad gravemente enferma. En su vida cotidiana, hacen una pinza mortal sobre el individuo la necesidad extrema y el impulso frenético por consumir. Así no hay, ni puede haber, alternativa viable. Sólo una sociedad en la que los seres humanos tengan todos una vida digna, aunque no de lujos y una sociedad en la que el consumo sirva solamente para resolver problemas de sobrevivencia y comodidad racional, podrá tener a todos sus hijos en la calle, viviendo en una armonía y en una paz segura y duradera. Aspiremos a ella.

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