Salarios disminuidos
Abel Pérez Zamorano

Según la antigua economía, la riqueza debería corresponder a sus creadores directos: el trabajo como criterio de apropiación; sin embargo, de acuerdo con las normas en vigor, la apropiación corresponde al propietario de los medios con que fue producida. Pero de este modo no sólo se despoja al creador de su propia obra, sino que, de acuerdo con las leyes del desarrollo de la economía, el capital se apropia cada día una proporción mayor, en detrimento de los ingresos de los trabajadores.

En el mundo la proporción del Producto Interno Bruto que los trabajadores retienen como salario se viene reduciendo. Así lo da a conocer Le Monde Diplomatique en su edición de enero pasado, con base en información de fuentes oficiales. Señala, por ejemplo, que en el Grupo de los Siete -la élite de los países industrializados-, entre 1983 y 2006, la parte del PIB retenida como salario se redujo en 5.8 por ciento; asimismo, de acuerdo con la Comisión Europea, en los países de la Unión el porcentaje cayó en 8.6, destacando Francia, con un 9.3 por ciento (equivalente a una suma de cien mil millones de euros). Paradójicamente, a pesar de que el PIB mundial, y particularmente el de los países desarrollados, sigue creciendo, los trabajadores reciben una proporción menor.

México no sólo no es una excepción a esta tendencia, sino paradigma suyo. Muy elocuentes son los datos publicados, en primera plana, por El Financiero el pasado 6 de marzo: en México, 10 magnates poseen un total de 96 mil 200 millones de dólares, alrededor del 11 por ciento del PIB. Además, en lo que constituye un récord histórico, el 0.43 por ciento de la Población Económicamente Activa detenta, a través de 32 casas de bolsa, el control de 4.4 billones de pesos (alrededor de 400 mil millones de dólares), cifra que equivale, según la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, al 46.05 por ciento del PIB (El Financiero, 6 de marzo, págs. 1 y 5). La fuente agrega que esta cifra constituye casi el doble de lo que el gobierno aplicó como gasto público durante el año 2007.

Pero, ¿cómo se explica esta acumulación desorbitada, que reduce a millones de seres humanos a situación de parias? Los factores tradicionales de concentración, inmanentes al sistema, adquieren expresiones nuevas, o se ven reforzados por mecanismos complementarios, como sugiere Le Monde Diplomatique. La globalización ha creado circunstancias favorables a la acumulación, facilitando y abaratando la movilidad de los capitales, ofreciendo así a los empresarios una formidable palanca de poder: la amenaza de “irse a otro país” si los obreros no acceden a reducir sus pretensiones de incremento salarial o demandas de prestaciones. De esta forma pende siempre sobre éstos la espada de Damocles de la emigración del capital.

Los millones de desempleados, que tocan constantemente a las puertas de las empresas en busca de trabajo, constituyen otra amenaza para los trabajadores en activo, que ante cualquier intento por mejorar sus ingresos o condiciones laborales se enfrentan con la amenaza de despido, bastante real, gracias a la existencia de los desocupados, desesperados y dispuestos a trabajar a cambio de unas migajas. Así, un sector de los trabajadores es utilizado contra el otro. Por otra parte, un desvirtuado sindicalismo, carcomido por la corrupción y convertido en mecanismo de control, ha devenido en instrumento de acumulación de capital y reducción del ingreso de los trabajadores. De representantes de los intereses laborales, los sindicatos han devenido en piezas del engranaje de control político y exacción económica. Igual ocurre con aquellos partidos políticos que, aunque débilmente, asumían la defensa de los trabajadores, y ahora se dedican a lucrar con el erario público y a servir a los grandes empresarios.

Finalmente, estamos también ante el efecto de la política económica generalmente aplicada por los gobiernos empresariales, como, por ejemplo, la política fiscal que grava a los más débiles y protege los ingresos de las grandes empresas, como ocurrió cuando en lugar del IETU original, que tendía a aplicar algo de exigencia a la empresa, se optó por el impuesto a la gasolina, o el incremento en las casetas de peaje, en daño de los sectores más pobres. En igual sentido se encaminan las reformas en pro de un mercado laboral flexible, condición institucional propicia para la contratación individual, por horas o temporadas breves, durante el tiempo estrictamente requerido por las empresas. En Francia, por ejemplo, el empleo de tiempo parcial aumentó, a partir de 1980, de 6 a 18 por ciento, y en empleos eventuales o interinatos, de 17 a 31 por ciento (Le Monde Diplomatique). Se priva así a los trabajadores de la definitividad en el empleo, sin duda una condición favorable para su reclamo.

Lo aquí expuesto viene sólo a recordarnos el viejo planteamiento de que la distribución del ingreso entre empresarios y trabajadores asalariados es un asunto de correlación de fuerzas. Y lo que hoy vemos es, en esa lógica, una resultante, casi matemática, de la capacidad de resistencia de los trabajadores. En consecuencia, tal situación podrá revertirse sólo cuando los trabajadores sean capaces de constituir una fuerza política, consciente, capaz de reivindicar como derecho legítimo el acceso para ellos y sus hijos a una riqueza que ellos mismos crearon.


       

 

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