Las tinieblas de la educación en México
Brasil Acosta Peña

Nuevamente, como una oscura nube que amenaza terrible tormenta; como aquellas tinieblas descritas en el poema épico de Beowulf, que servían de escondite al fiero dragón Grendel, cuyos ataques mortales tenían atemorizado al pueblo danés; o como la espesa negrura de cueva platónica en su mundo de las ideas, sale nuevamente a relucir la mala calidad del sistema educativo mexicano. Los inconfundibles signos de un neooscurantismo, si se me permite el término, se posan indudablemente en el México moderno del siglo XXI. A juzgar por los resultados de tal oscurantismo, podemos concluir que no dista mucho de aquél que se extendió por toda Europa después de la caída del Imperio Romano de occidente en el año 476 d.C.

En efecto, a pesar de los grandes avances observados en la tecnología y en la Internet, los cuales han aumentado en mucho las posibilidades de acceder a un mundo de información que antes ni siquiera se sospechaba, en nuestro país los nublos de la ignorancia se extienden imparables y no solamente eso, sino que mantienen en el cadalso del anonimato a muchos mexicanos por cuya capacidad intelectual podrían ser destacados investigadores e impulsores de la ciencia y que, hoy, en vez de eso, vagan en el negro mar de las distracciones pervertidoras que ofrece, por ejemplo, la Internet.

Tal oscuridad es hija de los intereses de aquéllos que saben que “un pueblo culto será un pueblo libre”, o que “el pueblo, instruido, será rey, e ignorante, vivirá sometido a una vergonzosa tutela”; hacen todo lo que está en sus manos para que el fuego prometeico no llegue a la conciencia popular. Lo que en México se hace es, deliberadamente, promover la ignorancia con el futbol, las telenovelas, las caricaturas que idiotizan a los niños, las películas (“churros”) norteamericanas, las revistas pornográficas, etc., de modo que la sociedad sienta que su cerebro trabajó todo el día, aunque solamente haya  recibido basura para hacerlo más inculto e ignorante.

Pasa lo mismo que con la alimentación: el estómago puede sentirse satisfecho, harto, lo mismo de comer porquerías (comida chatarra) que de una buena alimentación; sin embargo, las raquíticas posibilidades económicas de la inmensa mayoría de los mexicanos, en el capitalismo moderno, hacen que la gente adopte malísimos hábitos alimenticios y, lo que es peor, en el afán de realizar sus mercancías, las grandes compañías productoras de porquerías embolsadas acosan con publicidad al individuo, orillándolo a consumir tal basura. De hecho, si hoy ponemos a un niño ante la disyuntiva de elegir entre unas “papitas” y una manzana, en un altísimo porcentaje las “papitas” serán, desgraciadamente, las ganadoras.

La forma en que las clases interesadas logran que los mexicanos no descubran en el conocimiento y en la comprensión de los fenómenos de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento, el arma para su liberación, consiste en mantener en la misma ignorancia a los propios educadores. En efecto, muchos profesores en México, dados sus bajos niveles de ingreso, lejos de estarse preparando, actualizándose, etc., lo que andan buscando son trabajos que compensen sus raquíticos ingresos, sin quedarles tiempo para tan necesaria preparación.

Así se explican los nuevos resultados de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) que, lo recalco, nuevamente nos exhibe ante el mundo como el último lugar en la prueba que evalúa la capacidad de los alumnos para pensar científicamente e innovar. Esta prueba se aplica a jóvenes de 15 años, y solamente 93 mexicanos, de los 30 mil estudiantes que presentaron el examen, son capaces de usar sus conocimientos para resolver problemas e innovar (Diario Reforma).

¿Son los mexicanos incapaces de innovar y usar sus conocimientos para pensar científicamente? Estoy seguro que no; afirmo que los mexicanos tienen una peculiar capacidad para innovar, siempre y cuando se les incentive adecuadamente para hacerlo. Recordar, por ejemplo, a Guillermo González Camarena, cuya patente dio pie al desarrollo de la televisión a color, y el de otros tantos cerebros que se van de México, pues aquí no encuentran incentivos para la realización de sus proyectos.

Reina, pues, en nuestra patria, el más grande oscurantismo disfrazado de programa televisivo, de telenovela, de revista pornográfica o de canciones de moda; la más profunda y lamentable ignorancia, pues no somos un pueblo lector: en México se lee, en promedio, 2.9 libros por persona al año. Este estado de cosas es fruto de los intereses de las clases que se enriquecen con el trabajo ajeno. Efectivamente, ¿cómo va a leer un libro el obrero que sale de su casa a las 4 de la mañana y llega a su casa a las 11 de la noche; y cómo va a despertársele el gusto por la lectura a un joven al cual, desde la infancia, no le han enseñado a leer correctamente?

Un país nuevo, como escribiera un grandioso poeta  y luchador mexicano, “todo lleno de luces”, requiere de hombres nuevos, cultos, que conozcan las causas que determinan los fenómenos de la realidad para que puedan transformarla, mandando a la ignorancia, como dice Neruda de la pobreza, de la tierra a la luna, para que ahí se quede, fría y encarcelada, mirando con un ojo, el pan y los racimos que cubrirán la tierra del mañana.

 

 

 

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