Migración y sector informal ocultan el desempleo
Abel Pérez Zamorano
En las pasadas elecciones, el actual jefe del Poder Ejecutivo se dirigió al electorado con el eslogan de que sería “el Presidente del empleo”, y se comprometió a generar 1.2 millones de plazas anuales para cubrir la nueva demanda y el rezago. Sin embargo, contra lo prometido, resulta que entre finales del año pasado y los primeros meses del actual, el número de desempleados aumentó en 300 mil, ubicándose la tasa de desempleo en 4.06 por ciento de la Población Económicamente Activa: (INEGI, El Universal, 21 de febrero), superior al de hace un año, que fue de 3.7 por ciento.
Sin embargo, si estas cifras fueran ciertas, en realidad no habría motivo de preocupación, y nuestro problema sería cosa de risa, comparado con el de otros países con tasas de desempleo elevadas, por ejemplo: Bélgica 10.8, Francia 7.9, Alemania 8.1, España 8.6 o Polonia 11.4 por ciento. Y llama la atención el hecho de que estas economías registren tasas tan altas, mientras la mexicana se mantenga en niveles bastante manejables.
¿Será que la nuestra está mejor administrada, que es más próspera?
Este nivel de desempleo, tan sospechosamente bajo, se explica en realidad por un manejo sesgado de los datos, criticado por agencias externas, pero además, se debe a circunstancias reales. La primera de ellas es que el sector informal, aparentando generar empleos, ocupa a la gente en actividades generalmente improductivas, cuando no ilegales, tales como la venta de productos o servicios innecesarios. Pero aquí también existe manipulación de datos, pues mientras oficialmente se reporta que el sector ocupa a 11.6 millones de personas (INEGI, Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, 2007), fuentes internacionales dan cifras muy superiores. La Organización Internacional del Trabajo reporta que el número de ocupados en el sector informal es de 25.4 millones (más del doble de lo reportado por el INEGI), 55 por ciento del empleo no agrícola (OIT, junio de 2002). Por su parte, la OCDE también cuestiona las cifras mexicanas y señala que el 44 por ciento del empleo urbano se genera en el sector informal (OCDE, 15 de junio de 2006). Todo indica, pues, que nuestros gobernantes en realidad buscan ocultar el problema ante los ojos de la sociedad.
La segunda explicación de tan bajo nivel de desempleo es la migración a Estados Unidos, a través de la cual sale una masa de trabajadores estimada (oficialmente) en medio millón al año. Si todos esos demandantes de empleo se quedaran en México, generarían un déficit acumulado de 3 millones en un sexenio, con lo cual el problema ya habría hecho crisis. Pero aunque para algunos la migración es una bendición porque libera de presiones a la economía, aminora el desempleo e introduce divisas, en realidad es una pérdida económica y un grave problema social.
Hasta aquí, sin embargo, sólo hemos considerado el aspecto cuantitativo del empleo. Pero éste tiene otras aristas, de orden cualitativo, como la permanencia: muchos de los empleos son temporales. Las remuneraciones son miserables: 2.3 millones de trabajadores ganan hasta un salario mínimo, o sea 50 pesos o menos al día, y 6.7 millones ganan más de uno y hasta dos salarios mínimos: en total, 9 millones de personas ganan, oficialmente, menos de dos salarios mínimos. Asimismo, 10.6 millones carecen de toda prestación laboral, y 12.4 millones no tienen acceso a servicios de salud (ENOE, 2007). Así, los pocos empleos generados son de ínfima calidad.
A manera de conclusión, podemos afirmar que mientras no se emprenda una política vigorosa de creación de empleos permanentes, dignos, bien remunerados, con acceso a las prestaciones de ley, seguirán aumentando la migración y las actividades informales e ilegales; campearán inseguridad y violencia, y no habrá “guerra contra el crimen organizado” capaz de lograr la armonía social. El acceso al trabajo en condiciones dignas no es sólo uno de los derechos humanos más elementales, que se violan en México, sino también un asunto de eficiencia económica, de uso racional de recursos productivos; lamentablemente, no nos encaminamos hacia su solución.
Siendo realistas debemos reconocer que las expectativas en este aspecto, lejos de ser alentadoras son más bien sombrías. En virtud de que la economía norteamericana está en recesión, y que su recuperación no parece muy próxima, es difícil esperar una pronta reactivación del empleo en México, sobre todo si tomamos en cuenta que Estados Unidos es el destino del 88 por ciento de nuestras exportaciones. Al contraerse éstas, se reducirá la actividad productiva y, con ella, aún más el empleo. Como siempre, corresponderá a los trabajadores pagar las consecuencias de las crisis económicas.
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