Los sainetes y de Chana y Juana
Lorenzo Delfín
Cuando no es Chana es Juana, pero lo cierto es que entre el PRD y su enemigo de cabecera, el gobierno federal, se traen un rejuego que hace más ominoso el panorama nacional.
El primero, menos mal, hasta hace divertido el ambiente con sus palizas tribales y la serie de argucias que se le enmohecían, pero que aún así aplica con entusiasmo en el accidentado proceso interno para elegir a su nuevo Mesías… o al apóstol predilecto de su guía, al que, por cierto, los cientos de Judas que lo rodean le gastan de manera compulsiva el capital político conquistado desde hace cinco años con la explotación de su imagen de mártir de Macuspana.
La garrotiza dominical a los líderes parlamentarios perredistas, el senador Carlos Navarrete y el diputado Javier González Garza, con que las huestes de René Bejarano y Dolores Padierna (virtualmente adueñados del PRD en el Distrito Federal pero con ánimo de expandirse a todo el territorio nacional), mostraron su civilizada predilección por el discípulo lopezobradorista Alejandro Encinas como futuro dirigente partidista, tiene su dosis anecdótica, pero también una alta carga de riesgo ante una eventual confrontación interna sin freno.
La lectura de los actos vandálicos contra sus propias cabezas parlamentarias, no es un problema de disciplina, porque también es harto conocido que en el PRD pocos la tienen. Pero una acción así de arrebatada no hace más que desacreditar a un partido en franco forcejeo por disputarle los espacios de influencia política a la derecha ramplona que nos gobierna, que se regocija estimulando y publicitando el hecho de que el PRD es víctima de sus propios errores.
La agresión e insultos a Navarrete y González Garza por su abierta simpatía hacia la candidatura de Jesús Ortega para dirigir al partido, efectivamente, se tradujo de inmediato en pérdida de bonos, sobre todo para Andrés Manuel López Obrador, metido en un brete porque debió conciliar entre los bandos partidistas rabiosos que, paradójicamente, él se ha encargado de enfrentar. El efecto dañino alcanzó al mismo Encinas, gracias a las armas que Bejarano y su esposa Padierna le revirtieron.
Sin cálculo aparente, crearon dos nuevos mártires para la causa de Ortega. Al menos, Navarrete, con recibos en mano de las aportaciones que hace para sostener el precario gobierno legítimo de López Obrador, ubicó a los autores de la paliza, exigió cuentas y un pronunciamiento de López Obrador en torno al vergonzoso evento. De lo contrario, que le digan adiós a sus cuotas y que sus agresores asuman los costos de la enorme grieta que le provocaron al PRD.
En la contienda de los pifias, sin embargo, las del gobierno federal no son menores y, por sus repercusiones, también son para preocupar.
Y es que el mismo presidente Felipe Calderón Hinojosa (FCH), apenas desempacado de la gira que realizó por Estados Unidos, sostuvo su intención de que México sea, a chaleco, un país del primer mundo, aspiración positivamente ambiciosa. Pero su herramienta indivisible es la aprobación de las reformas estructurales, empezando por la energética que, es evidente, le urge a Estados Unidos y de cuyo gobierno, demostró Calderón, venía de recibir instrucciones en tal sentido.
Con una inocultable inyección de valor, el ciudadano Presidente de la República echó mano del tono imperativo que habitualmente los gobiernos autoritarios, que tanto ha censurado, utilizaron cuando de imponer a rajatabla cuanta reforma legislativa les interesaba.
Redondeó su vago llamado al ejército de ciudadanos mexicanos a progresar a través de la educación de calidad; todo, para reprimir a las escuelas “patito” que su antecesor fomentó desde la Secretaría de Educación y cuya matrícula, ahora, él pretende trasladar a los “zopilotes” de la educación privada.
Culminaría la semana con la salutación al recién ungido presidente Raúl Castro Ruz en Cuba, régimen con el cual FCH disiente por obvias y notables desavenencias ideológicas; el forzado gesto diplomático le acarreó censuras de todo tamaño.
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