Andrés Manuel, el médium
Mario A. Campos
Se suele decir que en política los únicos muertos son los enterrados bajo tierra; habría que agregar que sólo a veces. Como prueba, ahí están la invocaciones recurrentes a personajes del panteón de la historia nacional como Benito Juárez y Lázaro Cárdenas, que al menos dos veces por semana son mencionados por algún político como aliado o guía. El ejercicio no es exclusivo de ningún partido o líder, sin embargo, pocos lo hacen con tanta frecuencia y con tanta efectividad como Andrés Manuel López Obrador.
Convencido de que la vida política del país es sólo una prolongación de las batallas históricas, el ex candidato presidencial insiste, ante todo aquél que le escucha, en México son dos los proyectos a elegir; prácticamente los mismos que se vivieron en la lucha de Independencia, durante la Reforma y en los muchos años que duró la Revolución. Según su visión, los políticos de ahora son herederos de esas mismas luchas; la novedad en todo caso residiría únicamente en los membretes.
El recurso se puede compartir o no pero ahí está. El problema para Andrés Manuel es que al andar reviviendo estos espíritus también ha dado vida a un fantasma que ya casi se había desvanecido en su totalidad. Aquél que vivió su mejor tiempo durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari y que para fines de identificación podemos señalar como el del PRD violento.
Resulta complejo a la distancia señalar hasta dónde el mito era real y hasta dónde era alimentado por sus adversarios. Lo único claro es que para muchos el PRD era el partido de la violencia, tan claro, como que el PAN era el partido de los “mochos” y el PRI el de los corruptos.
Han pasado los años y estos últimos dos partidos han batallado, más o menos bien, con sus propios estigmas pero ninguno lo había logrado con tanto éxito como el Partido de la Revolución Democrática. En buena medida, por el desempeño de Andrés Manuel López Obrador como Jefe de Gobierno. Si bien es cierto que los otros mandatarios perredistas -Leonel Cota, Ricardo Monreal, Amalia García, Lázaro Cárdenas y Cuauhtémoc Cárdenas, por mencionar sólo algunos- lograron gestiones alejadas de la violencia, ninguno de ellos generó tan buena impresión a nivel nacional como el propio AMLO, lo que se tradujo en sus altísimos niveles de votación en la pasada elección presidencial.
El buen desempeño de López Obrador en términos electorales tiene muchas explicaciones, pero una de ellas que no se debe soslayar fue su capacidad de generar confianza en amplios sectores de la población que tradicionalmente no votaban por ese partido político. El partido del 12 por ciento -porque apenas superó ese porcentaje durante varias elecciones federales- logró en 2006 su presencia más alta en el Congreso y estuvo a nada de ganar la Presidencia de la República, gracias a una postura que lo mismo atraía a los sectores económicos más pobres, que a grupos de poder real con los que logró una buena convivencia en su papel de mandatario local. Ahí están, para refrescar la memoria, los acuerdos tanto con Carlos Slim y el relanzamiento del Centro Histórico, como los arreglos con Cemex de Lorenzo Zambrano para obtener cemento destinado a sus grandes obras.
El gobernante Andrés Manuel López Obrador, y el menos parcialmente, el candidato López Obrador, lograron diluir la imagen del PRD violento. Lo dramático para ese partido es que el ex candidato presidencial se ha dedicado a revivirla. Es cierto que AMLO nunca ha llamado a la violencia y que en buena medida ha sido un canalizador del descontento social. El problema es que en su discurso de la polarización entre los buenos y los malos de la historia ha incubado una semilla violenta que ha empezado a mostrar sus frutos.
Las agresiones del pasado domingo 24 de febrero en contra del Senador Carlos Navarrete en el mitin convocado por AMLO, así lo confirman. El tono de los insultos no fue algo inusual. Atípico, sí, por su nivel de visibilidad, pero presente desde hace meses en los sitios de internet pro AMLO como el senderodelpeje.blogspot. No se puede provocar a la gente durante años y después llamar a la sorpresa.
Lo que vimos en las cámaras de televisión fue sólo el resultado de lo que AMLO ha inducido, o al menos, tolerado. Para un sector de la población esa postura, la de la intolerancia, es muy atractiva y por eso es peligrosa. Sin embargo, el primer damnificado de este fantasma renacido no será otro sino el propio PRD que volverá a sus históricos niveles de votación. Malas noticias para los políticos y seguidores de ese partido; y muy malas noticias para el país. Es el costo de andar reviviendo fantasmas.
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