La intérprete, el cine como arma política
Cousteau
Una historia bien narrada, con personajes que pueden parecer pulcros moralmente, admirables y hasta ejemplares, puede resultar una historia muy atractiva y convincente para muchos espectadores que, desconocedores de los verdaderos intereses políticos y económicos que representan esos personajes y el contenido mismo de la historia narrada cinematográficamente, caen en la trampa. Cada año son filmadas decenas de películas que utilizan el gran impacto que tiene el cine en el nivel mundial, para tratar de “convencer” a millones de seres humanos que hay países cuyos gobernantes son “dictadores”, “déspotas”, “enemigos de la democracia”, etc., etc.
La intérprete es una cinta que se inscribe en ese rango manipulador al servicio de los poderosos intereses de los gobiernos de las grandes potencias mundiales. Filmada en 2005 por el veterano director norteamericano Sydney Pollack, narra la historia de Silvia Broome (Nicole Kidman), originaria de un ficticio país africano (Matobo), bajo un gobierno despótico que instrumenta una cruel e inhumana limpieza étnica, que suprime cualquier rasgo de democracia y elimina a los grupos opositores a sangre y fuego, en síntesis, una dictadura feroz y sanguinaria.
Silvia Broome (que nació en EE.UU., pero fue criada en Matobo y cuyo hermano fue asesinado por el dictador de ese país) logra colocarse como intérprete en la ONU, dado que maneja perfectamente seis idiomas distintos y además habla el dialecto Ku, que -ficción cinematográfica- es el dialecto de Matobo. Silvia escucha accidentalmente en una cabina (que se encuentra en la sala donde se realizan las asambleas de los jefes de Estado de todo el mundo) que se planea el asesinato del dictador de Matobo; de ahí en adelante se desarrolla el thriller. Sean Penn actúa en esta cinta interpretando a un agente de seguridad del gobierno norteamericano encargado de la protección de los jefes de Estado y a quien se le encomienda, primero, investigar a Silvia y, luego, protegerla cuando se descubre que agentes del dictador africano pretenden asesinarla. El suspenso de la cinta se despliega con eficacia.
Sin embargo, el fondo de este filme, como la mayoría de críticos progresistas lo ha reconocido, es desprestigiar al gobierno de Zimbabwe (Rodhesia) -antigua colonia británica en donde 250 mil habitantes blancos mantenían el oprobioso régimen del apartheid para más de 6 millones de personas de raza negra-, cuya independencia se obtuvo en 1979, después de una larga lucha anticolonial encabezada por Robert Mugabe, quien impulsó desde entonces un gobierno de corte nacionalista. Mugabe se ha mantenido en el poder hasta la fecha, pero en los últimos años ha sufrido el asedio del imperialismo británico, que no descarta la posibilidad de volver a tener el control político de esa nación del sur de África. Mugabe ha tratado en los últimos años de impulsar una reforma agraria, dado que en la actualidad el 1 por ciento de la población (1,500 familias blancas) es propietario del 32 por ciento de las tierras -las mejores- de Zimbabwe.
Ya decía en mi anterior colaboración, estimado lector, cómo grandes estrellas de cine se han convertido en “embajadores” de supuestas causas humanistas para atacar a débiles naciones que se niegan a someterse a los grandes intereses geopolíticos. He aquí otro ejemplo de cómo el cine puede ser arma mercenaria de esa política.
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