Caída en las bolsas y en los bolsillos
Edgardo Lara

Mucho se ha tratado en los medios en torno a la recesión que se vislumbra en la economía norteamericana y a la posibilidad o imposibilidad de contagio hacia la economía global y, en particular, hacia nuestro país; muchos también son los giros que toman estas discusiones que al ciudadano de a pie nos parecen demasiado complicadas y hasta irrelevantes. Sin embargo, más allá de la discusión de tipo técnico, de si se trata o no de una recesión, es decir, de si ha durado lo suficiente para calificarla de recesión o no, lo cierto es que los efectos del mal desempeño de la economía norteamericana se comienzan a sentir no sólo en las bolsas de valores a nivel mundial, sino en la economía de la gente como usted y yo; nuestras “bolsas” del pantalón, indiferentes a estas discusiones, están ya en una franca y declarada recesión.

Los datos de la economía estadounidense confirman su pobre desempeño: el índice de producción industrial de Estados Unidos en el mes de enero, indicador que sirve normalmente como un buen aproximado de la actividad económica del país, resultó ser mucho más débil que lo esperado, pues el dato fue negativo con una lectura de menos 11.7 puntos; además, el índice de confianza de los consumidores, indicador de la disponibilidad al consumo, se derrumbó a 69.6 puntos en febrero, en comparación con 78.4 de enero.

Sin embargo, incluso si no conociéramos esos datos, que a muchos les dirán poco o nada, no puede haber dudas: la “recesión” ya ha comenzado a producir las consecuencias lógicas y hasta naturales para la economía del planeta, que se traducen en una abrupta elevación de los precios de los artículos de primera necesidad, que no están exentos de la especulación propia a los grandes capitales; no cabe, pues, duda alguna de que los síntomas de la presente crisis tendrán profundas consecuencias en las condiciones de vida de los pueblos, pues se presiente ya una espiral alcista que bien se sabe dónde comienza pero poco se sabe dónde terminará y hasta dónde llegarán sus consecuencias desastrosas.

La situación en el nivel internacional se ve, por una parte, en la caída de las bolsas de valores de los más diversos países del mundo y, por el otro, en una ralentización de la economía real también en países desarrollados; Japón sería, según declaraciones del presidente del Instituto Internacional de Asuntos Monetarios en Japón, la segunda economía del mundo que se encuentra al borde de una caída. Ante estos hechos, resulta pertinente preguntarse si se trata de un “error circunstancial del capitalismo” debido al otorgamiento de demasiados créditos hipotecarios o si en realidad revela una falla sistémica.

Aquellos que durante tanto tiempo han tenido la firme creencia de que la globalización y, sobre todo, la economía de mercado, sin intervención alguna del gobierno, resolverían, como el bálsamo de fierabrás, todos los problemas del mundo, tendrán que pensarlo dos veces desde ahora, antes de anatematizar toda intervención en la economía, pues ésta es la tercera crisis estadounidense en los últimos 20 años (crisis de las cajas de ahorro y crédito en 1989 y Enron/WorldCom de 2002). El laissez-faire no ha funcionado, pues aunque los mercados completamente desregulados están en posibilidades de producir los más grandes rendimientos para los dueños de las empresas y directores ejecutivos de las mismas,  es claro que no llevan “como si estuvieran guiados por una mano invisible” al bienestar social. Joseph Stiglitz afirmó en un artículo reciente, y suscribo completamente esta afirmación: “hasta que no logremos un mejor equilibrio entre los mercados y el gobierno, el mundo seguirá pagando un precio elevado”.

 

 

 

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