Empresa eficiente y daño social
Abel Pérez Zamorano

Para sobrevivir en la competencia, las empresas necesitan elevar su eficiencia: optimizando el uso de materias primas, energía, maquinaria y equipo y fuerza de trabajo; todo desperdicio implica un derroche, que a su vez conlleva un incremento en el costo, el valor y el precio de los productos y, en última instancia, la pérdida de la guerra por los mercados. Acuciadas por la competencia, las empresas necesitan automatizar los procesos y ahorrar en el uso de recursos productivos, lo cual se obtiene (en el mejor de los casos, cuando no mediante la sobreexplotación de los trabajadores), a través del desarrollo tecnológico, lo cual implica un incremento proporcional del capital constante, invertido en medios, y la reducción del variable, destinado a salarios, con el consiguiente aumento de desempleo y pobreza.

Sometido al imperio de la competencia, el capital produce cada vez más para la demanda efectiva (representada por los compradores que tienen dinero para pagar los productos), mas no para atender las ingentes necesidades de las grandes masas humanas con prácticamente todas sus necesidades insatisfechas, pero sin dinero para comprar.

Desde una perspectiva estrictamente empresarial, todo esto es eficiente, pues coadyuva a alcanzar el fin de la producción: la máxima ganancia. Sin embargo, vista la economía como un todo, no sólo en términos de empresas, vendedores y compradores, nos encontramos con una terrible paradoja: la eficiencia dentro de las empresas tiene su correlato en una monstruosa ineficiencia y un tremendo derroche a escala social. Son eliminados del proceso productivo millones de seres humanos en capacidad y condición de trabajar, pero que en un momento dado resultan superfluos. Millones de profesionistas sufren el desempleo abierto o el subempleo, dedicándose a actividades totalmente diferentes a la rama del conocimiento en que se prepararon, o a tareas de una extrema simpleza; un auténtico derroche si consideramos los grandes recursos que la sociedad destinó a su preparación para que al final ésta no sea aplicada.

Igualmente, la contradicción señalada se revela en que la rigurosa planeación y los ahorros al interior de cada fábrica contrastan con la total anarquía reinante en la producción en el nivel social, donde cada productor produce lo que quiere y cuanto quiere y en el tiempo que lo desee, sin atender las necesidades sociales. Por eso, de manera recurrente, la economía se enfrenta al fenómeno de las crisis de sobreproducción, que saturan los mercados con una sobreoferta que derrumba los precios y obliga a destruir grandes cantidades de mercancías para generar de nuevo escasez. Producir con gran eficiencia, para luego destruir mucho de lo producido: he aquí la lógica del capital.  
Otro aspecto de este fenómeno es que para mantener en pie este modelo, inspirado en la búsqueda de la máxima ganancia, y con el fin de reducir costos, se incurre en daño al medio ambiente, destruyendo lagos, bosques y suelos y contaminando playas con desechos arrojados al mar; se sobrecalienta la atmósfera, se desgasta la capa de ozono y se condena a la extinción a miles de especies animales y vegetales, poniendo en riesgo la existencia misma de la raza humana. Asimismo, la emisión masiva de residuos tóxicos al aire, las aguas y los suelos, propicia la aparición de enfermedades de difícil curación, cuya atención implica enormes costos sociales.

Dicho sea entre paréntesis, por esto es de una excesiva simplificación medir el desempeño de una economía, concretamente su crecimiento, empleando sólo el Producto Interno Bruto (que registra el total de valor nuevo creado en un periodo), pues no se contabilizan, sino que más bien se ocultan, los grandes costos sociales y ecológicos incurridos. Esto crea una ilusión, pues el crecimiento del PIB resulta bastante parcial si no se toman en cuenta, y se restan, los daños ocasionados. En síntesis, la contradicción aquí señalada radica en que una elevada eficiencia al interior de las empresas, genera su contrario a escala social.

Esta realidad debe ser superada mediante un modelo que concilie una alta eficiencia empresarial con otra a escala social, de manera que una no niegue a la otra; que el desarrollo empresarial no genere desempleo, destrucción de mercancías, eliminación de consumidores ni daño ambiental. Debe imperar el interés social, obviamente, sin caer en el otro extremo, fácil e irresponsable, que desdeña la eficiencia empresarial y la reducción de costos. Ambos retos deben ser alcanzados a la vez: pueden ser compatibles; si se sacrifica la eficiencia empresarial por la social, incurriríamos en otra ilusión, pues tarde o temprano el fugaz progreso así logrado se derrumbaría, como edificio sin cimientos. Para que sean atendidas a cabalidad y cada día en mayor grado las necesidades sociales, se requiere mucho trabajo y optimización de recursos; en fin, no se trata de rechazar los criterios modernos de eficiencia productiva, sino de aplicarlos en beneficio de la sociedad.

 


       

 

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