Kosovo se cambia de jaula
Azucena del Campo
Kosovo, la provincia de la República de Serbia en la que vive mayoritariamente una población de origen albanés, se dispone a declarar unilateralmente su independencia, el domingo 17 de febrero. Escuche usted lo que dice un albano-kosovar: “Estamos a punto de ser verdaderamente libres tras un siglo de sufrimiento. Después llegarán las inversiones extranjeras y habrá trabajo para los jóvenes. Pronto seremos como Suiza”. La verdad no decido si escribir juar, juar, juar y burlarme de manera sangrienta o compadecerme por la ingenuidad de este pobre diablo, a quien sus liberadores empresariales exhiben con orgullo en sus poderosos medios de prensa. Me decido por la compasión.
En caso de que la mentada independencia llegue a efectuarse, la población trabajadora albanesa de Kosovo va a saltar de la sartén a la lumbre, y quienes han sido sus adversarios a muerte, pero nunca deberían haberlo sido, los trabajadores serbios de Kosovo, van a padecer un infierno mayor, si así se puede decir. Kosovo es vecino de Albania y durante mucho tiempo, tanto este país como Serbia han reclamado como suyo el territorio de 10 mil 887 kilómetros cuadrados, un poco menos que nuestro estado de Querétaro. Kosovo fue parte de la República Socialista de Yugoslavia que desde la Segunda Guerra Mundial gobernó Josip Broz “Tito” y sufrió, junto con Yugoslavia, los ataques para desterrar el socialismo y desmembrar el país dejando varios países más pequeños sujetos al dominio del imperialismo norteamericano y europeo.
Con la muerte de Tito en 1980 y poco después, con la caída de la Unión Soviética en 1991, arreciaron los embates capitalistas contra Yugoslavia. Desde la Casa Blanca y desde las oficinas de gobierno de Inglaterra, Francia, Alemania y otros países, se atizó descaradamente el nacionalismo y se le apoyó con propaganda, dinero y armas. Ya para el año de 1996, las burguesías se habían hecho de una importante fuerza nacionalista y, calentado el horno, en marzo de 1999 las fuerzas de Estados Unidos, apoyadas por sus aliados europeos de la OTAN y sin ninguna autorización de la Organización de las Naciones Unidas, comenzaron a bombardear objetivos yugoslavos. La embestida contra lo que quedaba de Yugoslavia y su socialismo entró en su fase decisiva.
La información de que dispongo me permite afirmar que mientras duró la Yugoslavia socialista de Tito, los albano-kosovares y los serbios de Kosovo vivieron en relativa paz y que la llamada limpieza étnica, es decir, los crímenes horrendos de los albano-kosovares perpetrados en contra de la minoría serbia, se generalizaron con los intentos de Estados Unidos y sus aliados por presentar argumentos para su intervención armada. Como consecuencia de ello, desde 1996 a la fecha, la población serbia en Kosovo ha sufrido graves agresiones y ha disminuido drásticamente huyendo de la tierra en que nació y creció, lo cual no ha sido obstáculo para que la prensa occidental presente continuamente a los serbios como unos asesinos execrables.
La campaña para la destrucción de Yugoslavia le permitió a los países capitalistas instalar una administración de la ONU en Kosovo, desde 1999, administración que se ha hecho de la vista gorda ante la represión hacia los serbios, ante su expulsión y ante el fortalecimiento de la reacción albano-kosovar que es precisamente la que ha anunciado la independencia para el 17 de febrero. Se oponen a la independencia, como es lógico, los serbios que viven en Serbia y los serbios que viven en Kosovo, que temen, con toda razón, que la limpieza étnica instigada y tolerada por los países defensores de los derechos humanos, es decir, Estados Unidos y la Unión Europea, se torne a partir de ese momento verdaderamente apocalíptica.
El capitalismo extiende sus garras sobre Kosovo. Los empresarios no ocultan sus propósitos y es emblemático de su participación el hecho de que sea, precisamente, con el conocido logotipo de la empresa Coca-Cola que se coloquen grandes espectaculares que dicen: Kosovo libre. La libertad que les espera a los albano-kosovares es, en el mejor de los casos, la libertad de contratarse con el patrón que deseen y venderle su fuerza de trabajo, la libertad de marcharse libremente de su país y vivir como parias en las afueras de París o Madrid y la libertad de que sus hijas ejerzan la prostitución en Ámsterdam, Roma o Berlín, sin que nadie los moleste.
Estoy completamente segura de que bajo un poder de los trabajadores en el que no se privilegiara la ganancia empresarial por sobre todas las cosas, a los albano-kosovares y a los serbios de Kosovo se les encaminaría a conocer y apreciar sus similitudes y a disminuir la importancia de sus diferencias hasta que llegaran a ayudarse y a quererse, a vivir en una auténtica fraternidad humana. No se haría como hace el capitalismo, que exacerba las diferencias hasta llegar a las matanzas con el fin de explotar a los vencidos, que son todos los trabajadores independientemente de su nacionalidad. No veo, pues, con buenos ojos las independencias de esos Liliput a quienes con el engaño de los valores nacionales se engulle el cíclope imperial.
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