Cuando la queja suena, es porque agua suena
Brasil Acosta Peña
Un profesor de Economía Política que tuve hace algunos años, cuya visión de la sociedad no coincidía con la de aquellos panegiristas de la economía moderna, que pregonan a voces, como el mejor de los mundos posible, el modelo del libre mercado y del interés individual como la panacea de los males de la sociedad, solía hacer críticas al sistema de producción actual. Aun cuando no luchaba consecuentemente por defender los ideales que pregonaba, llevándolos hasta sus últimas consecuencias en aras de que el pueblo pueda conquistar el poder político de México, lo cierto era que no dejaba de hacer comentarios que llamaban la atención y que ponían el dedo en la llaga, como popularmente se dice.
Solía decir, por ejemplo, que los empresarios mexicanos eran unos “chillones”, que “no aguantaban nada”, que “al menor intento de modificaciones gubernamentales que pudieran perjudicarles, pegaban el grito en el cielo”, etc. Al mismo tiempo, decía que en un viaje que hiciera a Corea del Sur, le había llamado la atención que los empresarios de aquel país asiático, antes de la apertura comercial mexicana en los 90, veían con miedo, sí, literalmente “con miedo”, a los empresarios mexicanos, pues se convertirían, según aquellos creían, en un competidor difícil de vencer por su posición estratégica, es decir, por su vecindad con los Estados Unidos.
Sin embargo, la realidad ha mostrado lo contrario, es decir, que los empresarios mexicanos se volcaron a la manufactura ensambladora o al sector servicios, de manera mayoritaria, sin promover grandes inversiones en tecnología nueva creada en México ni en grandes proyectos transformadores de la infraestructura nacional, que estuviera acorde con las circunstancias de apertura inminente, al tiempo que la educación nacional no se integró al proceso de apertura, llevando a cabo las adecuaciones necesarias para tal propósito. De este modo, lo que anunciaba ser un jaguar mexicano en potencia, como aquél que imprimía miedo entre las tribus mayas, se mostró como un inofensivo gatito.
Esto se comprende mejor si agregamos al análisis la cifra que pone al descubierto una de las debilidades de las clases poderosas en México, que el profesor al que nos referimos gustaba de presentarnos: la clase poderosa mexicana observa una alta propensión marginal a consumir, esto es, de cada peso que obtiene de ganancia, se gasta en consumo personal o suntuario, 80 centavos, es decir, el 80 por ciento de lo que gana se lo gasta y no lo reinvierte, mientras que, en claro y angustiante contraste, un empresario coreano se gasta en consumo personal solamente 20 centavos (solamente 20 por ciento de sus ganancias), lo cual revela la clase de despilfarradores que son los que tienen en sus manos el poder económico de nuestra patria, y explica, en parte, la diferencia entre el felino que se esperaba que fuera la clase empresarial mexicana y el gatito que resultó ser.
En este tenor, empresarios mexicanos de los más acaudalados, en el marco del Global Alumni Forum (Foro Global de Alumnos) organizado por el Instituto de Empresa, lanzaron voces y le echaron en cara a la actual administración que “no hay apoyo del gobierno a empresarios”: así lo señaló el propio Emilio Azcárraga Jean; o bien, que “México vive en la mediocridad”, como lo señalara Roberto Hernández, miembro del Consejo de Administración de Citigroup; o que “estamos necesitados de cambios en política económica”, como lo asegurara Francisco Gil Díaz, presidente de Telefónica México y ex secretario de Hacienda.
Una de las quejas que suena, y que más bien parecía expresarse a coro, acusando ese espíritu “chillón” del que hablaba el profesor, es la reducción de los costos de las telecomunicaciones, en particular, la exigencia velada de reducir las tarifas de Telmex y poner coto a ese monopolio, pues impide obtener mayores ganancias de las que hasta ahora se reciben; si no, basta con conocer que Televisa ha alcanzado sus límites de expansión en México con un 70 por ciento de audiencia, es decir, que influye sobre 70 millones de mexicanos.
Esto revela, a las claras, que cuando las políticas gubernamentales favorecen a unos sectores de los poderosos, mientras que a otros los descobija, salen a relucir los “chillidos” de estos últimos. El verdadero problema es que las consideraciones hechas por los unos, por los otros y por el propio gobierno, para desgracia de millones, no toman en cuenta los intereses de las clases humildes y las quejas, efectivamente, no están pensadas para el beneficio de la patria en su conjunto, sino para beneficio de los menos.
Entonces, tantas lamentaciones, tantos “chillidos”, en fin, tantas quejas, en el agua que traen, solamente reflejan que todo debe favorecer a las clases poderosas sin que, con ello, las clases humildes se beneficien; mientras esa visión de la empresa se tenga y mientras se piense en todo menos en construir una patria cuya justa distribución de la riqueza beneficie al pueblo entero, seguiremos asistiendo a la pugna entre el reparto de la riqueza entre los de arriba, tirándose patadas por abajo y “chillando” cuando no se ven beneficiados sus intereses. ¿Todavía creerán que el pueblo no lo nota?
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