Los diamantes manchados de sangre
Cousteau

Quien piense que el arte y cualquier actividad cultural de los seres humanos en la actualidad es algo totalmente ajeno a la política, se equivoca de cabo a rabo. Una sociedad profundamente dividida en clases sociales (como lo es la actual en la mayor parte de los países del globo terráqueo) no puede tener expresiones artísticas “neutrales”; no puede tener pintura, literatura, teatro, poesía o cine que no exprese los intereses de tal o cual grupo social, pues, como bien sabemos, a través de las manifestaciones del arte y de la cultura se proyectan los intereses económicos, políticos, morales y estéticos de las diversas capas de la población. Por ejemplo, La Montaña Mágica, una gran obra de la literatura universal del gran escritor alemán Thomas Mann, establece, en su profunda temática, la lucha entre un representante del pueblo trabajador, un pensador que preconiza el cambio social a favor de los oprimidos         -Settembrini- y un representante de la clase capitalista -Naphta-, clase interesada en mantener un orden basado en los enormes privilegios de las castas dominantes; lucha entre ideólogos por ganarse la mente y el corazón de Hans Castorp, personaje central de la novela.

Así, el séptimo arte, obviamente, no puede ser la excepción ante esta ley que ha regido a las distintas formaciones socioeconómicas. Por tanto, no es extraño descubrir con mucha facilidad la gran dosis de contenido ideológico que hay en varios filmes y descubrir, a veces, que ese contenido no es tan evidente, sino más bien subliminal, lo que, claro está, permite que los efectos sean mucho más penetrantes para lograr el cometido propuesto por el artista o quien le paga al artista.

 En ese sentido, me llamó la atención la reciente designación de la famosa actriz británica Julie Christie como “embajadora” de la ONG Survival Internacional, la cual mantiene una fuerte campaña en contra del gobierno de Botswana, supuestamente porque éste está “cometiendo un genocidio en contra de los bosquimanos, pobladores autóctonos  milenarios del desierto de Kalahari” a quienes “les intenta desplazar de su territorio debido a su interés por seguir explotando los riquísimos yacimientos de diamantes que hay en ese lugar”. La actriz hace un llamado para que nadie compre “los diamantes manchados de sangre”. Christie, quien dentro de unos días competirá por el Oscar por su interpretación en la cinta Lejos de ella, sigue con la misma tendencia de otros famosos artistas de vender su imagen para campañas de claro tinte reaccionario e intervencionista, al servicio del gobierno norteamericano y de las grandes empresas que ambicionan la riqueza de las naciones subdesarrolladas. Recordemos el ejemplo de Brad Pitt y su pareja Angelina Jolie, así como de otros actores de renombre, quienes participan en la campaña en contra del gobierno de otro país africano: Sudán, al cual el gobierno gringo y los grandes empresarios de ese país no le perdonan su alianza económica con China, por lo que también es acusado de genocida en la provincia de Darfur.

Pero, resulta que el gobierno de Botswana, simplemente hace lo que por derecho puede hacer: explota sus riquezas naturales, los yacimientos de diamantes y, además, su economía es la que más ha crecido en los últimos años en África. Me pregunto: ¿Por qué esos artistas se preocupan mucho de las acciones de gobiernos progresistas y nunca se oponen al verdadero gobierno que sí comete los peores genocidios y atracos a los países que ha invadido y saqueado? ¿Cuánto les pagan por ser embajadores de estas causas?  
  

 

 

 

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