Camaleón de pañales de seda
Lorenzo Delfín

Jorge Castañeda Gutman proviene de una generación de intelectuales que, como Dios a los conejos, ve chiquititos y orejones a los terrenales; en público, condujo su alta preparación académica y sus alcances en el cultivo de la inteligencia a grados de insolencia y ofensa deliberadas en el trato con sus menores, lo que lo mantuvo en el centro de los reflectores, que en parte era su objetivo.

Con esos atributos, pocas veces fue admitido con paciencia en los círculos por los que incursionó para penetrar en política sin el sustento que tradicionalmente se necesitaba para ello (hasta antes de que llegaran los tecnócratas): ser popular.

El ser fruto de la comalada de eruditos encajados en política con una excelente capacidad de adaptación, de ésos que conquistan hasta a sus adversarios con destellantes teorías con las que creen revolucionar el ejercicio de la política, le permitió a Castañeda Gutman irrumpir como canciller en la administración pública federal de Vicente Fox… a quien para seducir, por cierto, no se necesitaba mucho talento debido a sus indiscutibles y deplorables limitaciones.

Ha demostrado que su naturaleza, como suele sucederle a quienes son frágilmente leales hasta en sus convicciones, es contradictoria, revanchista y pueril. Rechaza las ideas ajenas hasta hacerlas propias y se opone a las suyas cuando le conviene.

En las postrimerías del siglo pasado, junto con Elba Esther Gordillo y una camada de politiqueros chantajistas, Castañeda formó un híbrido de agrupación supuestamente para dignificar la política mexicana y que, al final, resultó el trampolín ideal para toda clase de arribismo autóctono, palabra ésta que aún debe resultar chocante para el ex canciller, debido a su devoción por la cultura “edificante”.

Desechó su pasado comunista (militancia que ahora podría atribuir a “pecadillos de juventud”) para ponerse, en el año 2000, al servicio del otro extremo político… del que fue “renunciado” por meter al país en un embrollo fenomenal a raíz de haber conducido la diplomacia mexicana a capricho del Departamento de Estado de Estados Unidos (que no de los intereses foxistas, a quien se debía) en contra de Cuba.

Y ahora resulta, merced a un reportaje documentado que publicó El Universal, que durante el sexenio de José López Portillo, cuando su padre Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa fue canciller, Castañeda fue espía del gobierno cubano, el mismo al que dos décadas después de su hipotética labor de soplón, ha fustigado entre otras infantiles razones por haberle limitado el acceso a los archivos que le permitieran complementar  la información para confeccionar una biografía “puntual” de Ernesto Guevara, El Che, con la respectiva dosis de originalidad propia del Castañeda style.

Desde que quedó desprovisto de la plataforma de exhibición que le procuraba su padre como secretario de Relaciones Exteriores, Castañeda Gutman utilizó los espacios que los medios de comunicación nacionales le facilitaron para compartir con la sociedad mexicana (que aparte de depreciada carece de linaje, debió lamentar) sus valiosas tesis sobre temas coyunturales. En poco tiempo esos espacios fueron insuficientes y entró al selecto grupo de analistas en publicaciones escritas en el idioma que le apasiona: el inglés. No es extraño, entonces, que la “aclaración” sobre su eventual papel de espía la haya hecho de manera comedida a través de El Nuevo Herald, de Miami.

Es comprensible que con ese carácter elitista que le dio a su vida, luego de renegar de la igualdad de clases que con tesón debió defender durante su etapa de comunismo juvenil, Castañeda haya atrapado enemistades no sólo en el ámbito internacional, sino censuras en el casero. Incapaz de hacer ronda con sus semejantes cuyos niveles de capacidad y comprensión fueran inferiores a los suyos, se le agrió el genio. Y se desvivía por demostrar su irritación. Como aquella ocasión en que, en el apogeo de su misión diplomática, recriminó a los reporteros mexicanos su calidad de “monolingües” cuando hacían preguntas en castellano a quienes entrevistaban durante las giras internacionales del calamitoso presidente Vicente Fox.

Perdido el piso por completo desde que fue despedido por Fox, Castañeda se hizo eco de sí mismo y pretendió ser candidato independiente a la Presidencia de la República en las elecciones de 2006. La Suprema Corte le puso tope a su intención y recurrió a la Corte Interamericana de Derechos Humanos en busca de justicia. Su caso debió haberse ventilado el viernes 8 de febrero.

Y cualquiera que haya sido el fallo, le dará a Castañeda el espacio que necesita para “resurgir”.

 

 

 

 

 

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