Probadita de eternidad
Ángel trejo

El crítico literario estadounidense Harold Bloom -controvertido autor de El canon occidental- publicó en 2004 un bello libro muy personal en el que reúne análisis de los textos de su preferencia, relacionados con el tema de la literatura sapiencial, es decir, la sabiduría de escritores, poetas, profetas, teólogos y aun filósofos, que abordan temas de la vida cotidiana y no sistémicos. En su búsqueda del origen del saber humano -el texto se titula ¿Dónde se encuentra la sabiduría?-, el escritor de origen judío incluye el Libro de Job y el Eclesiastés, ambos textos procedentes de la Biblia y autores clásicos como Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Montaigne, Bacon, Johnson, Goethe, Shakespeare, Cervantes, Emerson, Nietzsche, Freud y Proust. Su indagatoria procura conclusiones de autores deístas y postulados científicos, aunque la mayoría remite la causa principal del conocimiento eximio a entidades divinas. El valor principal de los ensayos de Bloom reside, sin embargo, en su análisis e interpretación de los textos. La que hace del Eclesiastés, por ejemplo, merece una reseña aparte por la deliciosa y profunda exploración practicada a uno de los poemas líricos más bellos de la historia de la literatura universal.

El primer ensayo se titula Sabiduría y está dedicado, a manera de prólogo o introducción, a explicar el origen del volumen y los métodos de análisis literario que Bloom ha aplicado a lo largo de más de 40 años. En este capítulo resaltan las líneas siguientes por la revelación de los secretos canónicos del autor y su propuesta de que la belleza es una necesidad vital, que el hombre no puede desoír porque su efemeridad no le permite mayores licencias ni oportunidades. Éste es el fragmento que reproducimos de la versión de Damián Alou (Punto de Lectura, Madrid, 2005): A lo que leo y enseño sólo aplico tres criterios: esplendor estético, fuerza intelectual y sabiduría. Las presiones sociales y las modas periodísticas pueden llegar a oscurecer estos criterios durante un tiempo, pero las obras con fecha de caducidad no perduran. La mente siempre retorna a su necesidad de belleza, verdad, discernimiento. La mortalidad acecha y todos aprendemos que el tiempo siempre triunfa. Disponemos de un intervalo y luego nuestro lugar ya no nos conoce... Una invitación de Bloom a gozar lo poco o mucho de disfrute que la vida nos ofrezca, ya que ésta no es más que una probadita de eternidad...

 

 

 

 

 

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