Las elecciones en Estados Unidos y "la democracia con forma de Estado"
Azucena del Campo

El Estado es un aparato de dominación de una clase social por parte de otra. No es idea original mía por supuesto, pero ¿quién es completamente original? y si no cito a los autores de este planteamiento es porque en este momento no vienen a cuento, simplemente, sus descubrimientos científicos siguen siendo útiles y punto. La democracia, por su parte, según esos mismos científicos sociales, es una forma de Estado; en consecuencia, la democracia es una forma de dominación de una clase por otra y es la forma de dominio que más se ha usado en el modo capitalista de producción.

Ahora, cuando boga a todo trapo la elección presidencial en Estados Unidos, la vida nos proporciona un nuevo ejemplo del aprovechamiento de la democracia como forma de opresión. Ahí está, a la vista de todos, sólo fíjese en las noticias. Según la teoría de la democracia, el pueblo escoge a sus gobernantes de acuerdo con sus conveniencias pero, en los mugrosos y vulgares hechos, el menú de alternativas está reducido a su mínima expresión y las motivaciones para emitir el voto están más manipuladas que una pelea de lucha libre. Veamos cómo está funcionando por estos días la democracia de la burguesía en Estados Unidos.

Hay que considerar en primer lugar que el relevo de personas en el gobierno es básico para mantener la dominación. El pueblo norteamericano y, si se me permite, el mundo entero, está harto de George W. Bush y sus más cercanos colaboradores. Si en este momento alguna autoridad declarara que se había decidido que el gobierno en funciones se quedara otros cuatro años, el gobierno y el sistema se desplomaban en el acto. La renovación de las personas es, pues, clave para la renovación de las esperanzas de cambio y hay ocasiones en que el uso de la palabra cambio se vuelve de vida o muerte. “Hay que cambiar para que todo siga igual”, instruyó a las clases dominantes aquel personaje de El Gatopardo.

Así pues, Estados Unidos se dispone a cambiar a sus gobernantes para que todo siga igual. ¿Quiénes son los posibles? Quitando la paja, tres senadores: por los republicanos John McCain y por los demócratas, todavía en cerrada pelea, Barack Obama y Hillary Clinton. Para los grandes y medianos capitalistas, para la cúpula militar, para los más prominentes miembros del Estado, para sus protegidos del mundo entero, cualquiera de ellos es aceptable. Los tres han sido probados como servidores de los más altos intereses de las clases altas, durante muchos años; siempre llegan quienes ya fueron presidentes y se reeligen, quienes ya fueron vicepresidentes o gobernadores o senadores por lo menos. La democracia burguesa así es: no existe ninguna posibilidad de que llegue algún miembro de la clase trabajadora.

Disminuidas las posibilidades, ahora sí, escoja usted. Tenemos, por una parte, pues sigue habiendo partidarios abiertos de la guerra, a John McCain, quien es su símbolo exitoso, fue piloto de avión en la guerra de Vietnam, resistió allá casi seis años preso, existe una película en la que se le trata como héroe y anda en un autobús llamado “No surrender” que lo mismo recuerda su época en prisión que su campaña por la presidencia. John McCain asegura que las tropas norteamericanas en Irak van ganando y no hace ninguna referencia al hecho de que los suicidios de militares en activo han alcanzado su máximo histórico.

Si éste no le gusta, tenemos a una mujer. La tan persistente como hipócrita campaña por la igualdad de género, ahora usada para cambiar a George W. Bush por otra persona que continúe su trabajo de dominación de clase. La señora Hillary Clinton, esposa de alguien que fue Presidente, ya sabe lo que es el poder presidencial, es inteligente, abogada de una de las mejores universidades de Estados Unidos, guapa (acepto que a mí sí me gusta aunque digan que corro para tercera), ¿qué más?, madre de familia, serena ante las infidelidades de su marido. La propaganda oficial sostiene que las mujeres son más buenas que los hombres. Vote usted por ella, será la primera presidenta en toda la historia de Estados Unidos.

Pero si tampoco lo convenció, hay más. ¿Qué le parece una gente de color serio? Atrevido ¿no? Para un país que hasta hace no mucho arrinconaba en gallineros que llevaban los camiones urbanos en la parte trasera a sus ciudadanos negros, un negro en la presidencia representaría la prueba más contundente de las descomunales libertades que ahora existen en Estados Unidos. Más todavía, si se filtran fotografías en las que aparece un jovenzuelo esmirriado, el ahora senador Barack Obama, en África con un costal a cuestas, ayudando a su abuela, que es casi una bestia de carga. El ascenso meteórico gracias al trabajo esforzado. En Estados Unidos asciende el que trabaja, los pobres a la Casa Blanca.

Ninguno de los tres ha hecho ningún compromiso de disminuir ni siquiera un poquito las monumentales ganancias que obtienen los capitalistas de Estados Unidos, ninguno se ha comprometido a que, de la riqueza que producen los trabajadores, a los trabajadores mismos se les quede un centavo más. Ninguno se ha comprometido a aflojar la cuerda en el cuello de los pueblos del mundo. Ninguno se ha aventurado a ponerle fecha al término de la invasión a Afganistán o a Irak. Nada. Los tres, pues, son seguros servidores de los empresarios. Ésa es la democracia de los ricos y así se aplica en su santuario. Es exactamente lo mismo que el vuelo libre de una mosca adentro de una botella.

 



 

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