PRD, más partido que nunca
Mario A. Campos

Anunciar la inminente fractura del Partido de la Revolución Democrática es tan poco original como afirmar que el PRI es un partido en agonía luego de un mal desempeño electoral. La idea es del analista político, y colaborador de esta revista, Alejandro Envila Fisher. Y tiene toda la razón.

Periódicamente, en especial cada vez que se acerca la renovación de su dirigencia, analistas políticos, observadores y  periodistas aseguran que ahora sí la fractura en sus filas en un asunto de tiempo. Naturalmente, la contienda de marzo próximo no es la excepción. No obstante esta consideración, es pertinente señalar que en esta disputa hay elementos que confirman la existencia de visiones muy diferentes en el interior de ese instituto político; diferencias que quizá no impliquen la salida de un segmento de sus dirigentes pero que sí hacen evidentes las tensiones que existen entre sus principales cuadros.

Apenas el periodo ordinario pasado todos fuimos testigos de la fractura de su bancada en la Cámara de Diputados. Luego de la aprobación en bloque de la reforma electoral en su etapa constitucional, los ciudadanos presenciamos una votación dividida con lo que dio inicio la bancada de Andrés Manuel López Obrador; un grupo de legisladores con una agenda distinta a la de su coordinador parlamentario, Javier González Garza, y al de la mayoría de los diputados del PRD.

Con ese antecedente no sorprendió el llamado del coordinador quien pidió a sus pares del PAN, Héctor Larios, y del PRI, Emilio Gamboa, posponer hasta el mes de febrero la designación de los nuevos integrantes del Consejo General del IFE, ante la posibilidad de volver a sufrir una ruptura en su grupo.

Así terminó el año, con esa fractura latente, y todo indica que las hostilidades están de vuelta. Por un lado, por el desencuentro entre Ruth Zavaleta -presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados- y  el ex candidato  presidencial, Andrés Manuel López Obrador; disputa salpicada, dice César Yánez, vocero de AMLO, por malentendidos, pues asegura que el tabasqueño no se refería a la legisladora de su partido cuando aseguró que el nuevo secretario de Gobernación le andaba agarrando la pierna, “políticamente hablando”, a todo aquél que se dejara. Expresión que se produjo el mismo día que Zavaleta se reunió con el titular de Gobernación; desafortunada coincidencia que le costó a AMLO el mote de “buscapleitos de taberna”.

Expresiones que poco aportan a la imagen de ese partido. Pero las diferencias van más allá de estas descalificaciones. En esta misma semana, el senador Graco Ramírez -cercano a la corriente de AMLO- anunció el retiro de los senadores del PRD de las comisiones en las que podría discutir una reforma energética.

El anuncio contrastó con las declaraciones de Guadalupe Acosta Naranjo al  diario La Crónica (30/01) en las que confirmó que su partido no abandonaría los espacios de diálogo en el Congreso de la Unión, bajo la premisa de que no existía un documento que diera pie a su salida, al tiempo que advirtió que la llamada “huelga legislativa” anunciada por Porfirio Muñoz Ledo, en su papel de coordinador del Frente Amplio Progresista, debería ser validada en primer lugar por la dirigencia del PRD.

En el fondo lo que muestran las cuatro posturas -Zavaleta-Acosta por un lado, AMLO-Ramírez, por el otro- es la oposición de dos maneras de encarar la realidad. Mientras los primeros, representantes y operadores de los grupos moderados, apuestan por incluir su agenda en un proceso de negociación, los otros están convencidos de que el enfrentamiento total y el rechazo a cualquier forma de diálogo es la mejor manera de representar a los electores que les dieron su aval en el pasado proceso electoral.

Visto así el panorama, es difícil entender que estas dos visiones puedan vivir bajo el mismo techo; realidad que está ahí presente y que seguirá no obstante quién sea el próximo presidente del PRD; ya sea que se trate de Alejandro Encinas o de Jesús Ortega, la batalla por el futuro de ese partido va para largo.

 

 

 

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