Reto en la enseñanza de la economía
Abel Pérez Zamorano
Continúan las protestas por parte de algunas organizaciones campesinas contra la eliminación total de aranceles a maíz, frijol, leche en polvo y azúcar, aplicada en cumplimiento del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Se organizan marchas y se establecen campamentos; los líderes pronuncian flamígeros discursos contra el neoliberalismo y claman por la renegociación del Tratado. Pero hasta hoy no se les ha escuchado una sola declaración donde hagan un planteamiento integral, sereno y razonado, con verdadero fundamento económico, que explique el fondo del problema. Todo se ha reducido a retórica, clientelismo y diatribas que flotan en la generalidad, envueltas en una apariencia justiciera, pero sin ir al meollo del problema, enfocando subjetivamente el problema, atribuyendo las tribulaciones de nuestros campesinos a “la perfidia” de algunos gobernantes. Pero veamos las cosas con detenimiento.
Si al abrirse, una economía es invadida por bienes producidos en otra, hay qué preguntarse por qué, y la razón es clara: porque los de la última son mejores y más baratos; en el caso inverso, el flujo mercantil iría en sentido contrario, en nuestro caso, de México a Estados Unidos. Más concretamente, tras esa diferencia en precios no hay una brecha, sino un verdadero abismo en materia de productividad, explicado a su vez por diferencias tecnológicas. Como es sabido, productividad es cantidad de producto generada por tiempo, y su aumento reduce el valor y los precios de los bienes, aumentando la competitividad. En la base de este mecanismo está la tecnología.
A título de ejemplo de lo anterior, sólo como antecedente histórico, cito aquí algunas líneas de la obra de Juan Enríquez Cabot El Reto de México: Tecnología y Fronteras en el Siglo XXI: “Estados Unidos en 1850 comenzó a usar elevadores para almacenar y mover granos. Esto costaba menos de la décima parte de lo que cobraban cargadores… En 1890 inventó y empezó a utilizar máquinas para cultivar y recoger cosechas (usar un caballo costaba cinco veces más)” (pág. 13). Y esa tendencia sostenida de modernización se ha mantenido hasta hoy. En otro apartado señala que, precisamente gracias al desarrollo tecnológico, “cada 18 meses el costo de una computadora… se reduce a la mitad… y su capacidad para procesar información se duplica”. Mientras tanto, nosotros seguimos produciendo maíz en parcelas diminutas, con yuntas de bueyes o con coa, en terrenos de pendiente pronunciada, totalmente inapropiados para tal propósito.
Ahora bien, para desarrollar la capacidad tecnológica se necesita invertir en ciencia y tecnología, en lo que también estamos muy mal, pues como señala Enríquez Cabot: “Estados Unidos gasta el 2.6 por ciento de lo que produce en un año en investigación y desarrollo de tecnología… y México gasta el 0.3 por ciento. Estados Unidos gasta 182 mil millones de dólares cada año para mejorar su tecnología y México gasta mil 400 millones de dólares. O sea, Estados Unidos gasta 130 veces más que México cada año”. Pero no sólo se requiere de mayores recursos en ciencia y tecnología, sino desarrollar la educación. Y éste es precisamente el problema; a este respecto el autor señala que “hoy en las universidades de Estados Unidos casi la tercera parte de todos los estudiantes que hacen un Doctorado en ingeniería o ciencia nacieron en Asia o son de origen asiático… Uno de cada cien es hispano”.
Sin ir muy lejos, son bastante elocuentes los estudios realizados cada tres años por el programa PISA de la OCDE, que evalúan la educación en las áreas de matemáticas, lectura y ciencias. El último de éstos, con base en una muestra de 30 países integrantes más otros 27 socios, fue presentado en diciembre pasado, y ahí, como sabemos, México ocupó el último lugar entre los miembros de la OCDE, superado incluso por otros países latinoamericanos como Chile y Uruguay, y en una escala de cero a seis, el 50 por ciento de los jóvenes mexicanos quedó por debajo del nivel dos. Pero esto no se debe a incapacidad de nuestros jóvenes; cerebros excelentes los hay, y muchos. El problema está en el sistema educativo y en la pobreza.
Ante estas causas profundas del atraso tecnológico, combinadas con la atomización de la estructura agraria, resulta perfectamente entendible la improductividad y la falta de competitividad de nuestra economía agrícola. Ahora bien, ¿podrá resolverse esto renegociando el TLCAN, tomando garitas de peaje o destinando más recursos a fantasmales “proyectos productivos”? Desde mi punto de vista, no. El problema es estructural, y como tal debe abordarse y resolverse.
Hay que mejorar nuestra educación, liberándola de la pesada losa burocrática que la asfixia; equipar bien las escuelas y apoyar a estudiantes de escasos recursos, para que nuestra juventud pueda desplegar toda su formidable capacidad. Y entre otras medidas: impulsar un vigoroso programa de impulso a la ciencia y el desarrollo tecnológico, formando científicos de alto nivel en áreas estratégicas y asegurándoles condiciones de trabajo apropiadas y definir claramente líneas, también estratégicas, de investigación y dotar a las instituciones de investigación con los recursos necesarios. Finalmente, debe superarse la fragmentación de la estructura agraria, en sí misma un obstáculo para la absorción tecnológica. Hay soluciones, si se entiende y acepta antes con toda crudeza la realidad; la peor desgracia no es que México padezca todos estos problemas, sino que haya quienes los teoricen, justifiquen, adornen... e industrialicen.
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