Alcoholismo infantil, signo de modernidad
Lorenzo Delfín
Las cifras, como todas las que retratan dramas sociales, son como para pararse de pestañas: del vasto universo de mexicanos alcohólicos, 800 mil son menores de edad iniciados en el vicio desde los 10 años, en su mayoría; su promedio de consumo anual es de 14.3 litros de alcohol.
Los estudiosos en la materia han alertado sobre las consecuencias de esta realidad, traducidas en daños orgánicos irreversibles en los infantes, hasta la pérdida de vidas como resultado de los desórdenes que causa el alcohol en la conducta. Ponen, como ejemplo, que en el 70 por ciento de muertes en accidentes automovilísticos se encuentran inmiscuidos menores de edad que conducían en estado de embriaguez.
No es ninguna novedad que las causas principales sean localizadas en el seno de familias disfuncionales, destruidas por motivos emocionales o económicos (escasez o abundancia, de manera indistinta), con el alcohol como remedio evasivo; también, por actos de imitación de los menores respecto del comportamiento de sus mayores. En ocasiones, tampoco escasas, se le atribuyen al entorno social de los infantes y a la influencia nociva que impera en las escuelas de cualquier nivel.
Este rostro de la sociedad mexicana, que ha permanecido oculto como rasgo de vergüenza, es un testimonio más del galopante grado de descomposición en que se encuentra inmersa y que ante su incapacidad para actuar de manera coherente por su pérdida de identidad, distorsiona las nociones que sobre tolerancia tienen aquellas sociedades a las que copia.
Para no ser mojigatos, en el núcleo familiar muchos mexicanos ansiosos por arribar a conceptos “modernos” y “liberales” (sobre todo en sectores urbanos) hacemos de la permisibilidad el único puente de relación y entendimiento con nuestros hijos, a lo que le agregamos un método educativo Montessori a la mexicana, imprimiéndole el distintivo de que “cada quien haga lo que se le dé su regalada gana y cuando quiera”, convirtiéndolo en un abierto pasaporte hacia el abuso.
Asumimos que con la falta de orientación y vigilancia dejamos de ser represores cuando en realidad pretendemos escapar de nuestra responsabilidad. Los costos, como el alcoholismo que nos ocupa y que es el principal motivo de muertes de jóvenes entre 15 y 17 años de edad, se los cargamos al grupo social de que nos rodeamos, el que a su vez nos lo retribuye con creces, con la drogadicción como factor dañino adicional.
Ningún elemento en la actual sociedad de consumo deja de aportar su ración de culpa. Por el lado empresarial, los productores de bebidas embriagantes se afanan en estilizar la presentación de sus artículos (aunque en realidad se trate de vil alcohol abrasivo) para seducir a consumidores de manera abierta en un mercado en franca competencia, sin reparar en la edad del cliente en disputa.
La parte gubernamental, que debe vigilar la calidad en la producción de bebidas etílicas y regular su venta y publicidad que de manera brutal se transmite y muestra en los medios de comunicación, rehuye su papel y de manera complaciente aligera, al grado de omitir, las sanciones a que se hacen acreedores quienes violan la reglamentación respectiva, incluidos los empresarios de eventos artísticos y deportivos que convierten sus estadios y pistas en gigantescas cantinas a las que asisten menores de edad “tolerados”.
Otros ingredientes de esta calamidad están representados por la desmitificación que se tiene del término “antro” (a los que acuden por igual menores de edad que recién han abandonado el pañal) y por el constitucional respeto que se da en nuestro país a los usos y costumbres de diversos grupos sociales que, por “herencia cultural”, con el biberón inician a sus hijos en el consumo de bebidas embriagantes.
Para redimirse, sociedad y gobierno diseñan campañas para impedir el consumo de alcohol entre menores de edad, pero las acciones son ampliamente superadas por la tolerancia y por la propaganda abierta de que la ingesta de alcohol es sinónimo de jerarquía y detonador de emociones.
La cruda realidad es otra.
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