La peluda mano invisible
Edgardo Lara

Seguramente, algunos de los lectores de esta colaboraciónhabrán oído hablar de Adam Smith, conocido como el “padre de la Economía” y uno de los exponentes más grandes, si no el mayor de la economía clásica inglesa. Y, en particular, estoy seguro de que habrán escuchado referencias a la famosísima “mano invisible” que se ha convertido en bandera de los economistas modernos (“neoclásicos” o “neoliberales”) y que aboga por la nula intervención en el mercado por parte de agentes externos, tales como el gobierno. En efecto, Smith en su obra cumbre Una investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones menciona que: “Cada individuo está siempre esforzándose para encontrar la inversión más beneficiosa para cualquier capital que tenga (…) Al orientar esa actividad de modo que produzca un valor máximo, él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en su propósitos (…) Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo”.

En concordancia con esta frase, los economistas de las últimas décadas se han ocupado de desarrollar una teoría en la que el motor principal de las decisiones de consumo, producción o inversión de los individuos, empresas y demás agentes económicos es el egoísmo. Los economistas, apoyados precisamente en argumentación que hace Smith acerca de lo justificable del egoísmo de los agentes económicos, aseveran que cada uno de los entes económicos de cualquier sociedad, al mismo tiempo que busca su proteger sus propios intereses materiales, logra encontrar, junto con los demás agentes actuando también egoístamente; el óptimo social, es decir, si cada uno busca su máximo bienestar individual independientemente de los demás apoyará de manera más importante a lograr el máximo bienestar social dadas ciertas condiciones en la economía, que si buscara este máximo social de manera deliberada.

La prueba máxima de verdad para cualquier teoría es la realidad, de tal manera que cuando una teoría no explica lo que sucede, o aquello que la teoría predice no se cumple en la realidad, la teoría debe ser rechazada o modificada para explicar de manera más exacta la esencia de los fenómenos. El caso de la economía no debería ser la excepción; así pues, si nos detenemos un poco para ver si la teoría elaborada por los economistas neoclásicos se cumple, nos daremos cuenta que la realidad ofrece pruebas irrefutables de que la mano invisible no está produciendo los resultados que Smith preveía. Y para muestra un botón: la pobreza en México alcanza a 75 millones de individuos, que viven con menos de 2 dólares diarios; y más, según un estudio reciente impulsado por el gobierno chileno de la señora Bachelet, 200 de los 530 millones a los que asciende la población de América Latina, viven en la pobreza. La mano invisible de Smith por lo espeluznante y terrorífico de los  resultados que ha acarreado se debiera conocer como “la mano peluda”, y está claro que esta mano peluda del capitalismo puede acarrear daños irreparables en un mundo con diferencias cada vez más abismales entre ricos y pobres.

 

 

 

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