La cultura de la corrupción
Brasil Acosta Peña

En el cruce de una importante avenida de la Ciudad de México, peligrosa por la cantidad de autos que por ella circulan y por la velocidad a que lo hacen, y porque, en general, en esta metrópoli el peatón tiene la última prioridad, a un costado de un puente peatonal, a escasos metros de un semáforo, se observa regularmente a varias personas que prefieren arriesgar sus vidas cruzando la avenida por donde es menos indicado, es decir, por en medio de la avenida, “toreando” a los automóviles. El comentario que hacía con un gran camarada es que, al parecer, los mexicanos sentimos “un placer perverso al transgredir las normas establecidas”; y no nos referimos solamente a las de tránsito, sino a un sinnúmero de ellas.

Ante la inevitable pregunta ¿por qué es así?, o sea, ¿por qué  los mexicanos, muchas veces sin pensarlo, otras, con toda premeditación, alevosía y ventaja, actuamos quebrantando toda clase de reglas o disposiciones? Si un letrero prohíbe dar vuelta, la damos; si dice que no fumemos, fumamos; si la velocidad máxima es de 80 kilómetros por hora, vamos a 140; si dice que no crucemos la calle o no pisemos el pasto, cruzamos aquélla o pisamos éste como si nos hubieran dicho que lo hiciéramos, etc.

La respuesta no es fácil, ni mucho menos. Sin embargo, estoy de acuerdo con la filosofía que plantea que no es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, es decir, su forma de actuar, de vivir, de analizar la vida, de conducirse, etc.; sino que, por el contrario, es su ser social, es decir, las relaciones que establece en su vida cotidiana en el medio que le rodea, lo que determina su conciencia. En otras palabras, el hombre no es como es porque así lo desee de suyo, o porque así se lo haya propuesto, sino que es fruto de sus circunstancias.

Ahora bien, la ideología que predomina en una sociedad determinada es la de la clase dominante, la de la clase con el poder económico y, por ende, político. De esta forma, las clases pobres siguen espontáneamente la conducta y el modo de ser de las clases dominantes. De esta suerte, si el mexicano común y de todos los días transgrede la ley, muchas veces sin percatarse, pero otras, a sabiendas y sintiendo ese “placer perverso” del que hablamos, se debe, en parte, a que las clases dominantes así actúan, así se comportan y son las primeras en transgredir las leyes.

Aunado a ello, para reforzar la explicación, debemos también acudir a consideraciones de tipo histórico, que nos ayuden a entender el porqué de esa forma de conducirse del mexicano moderno y, para ello, es menester recordar que la Conquista de México fue consumada por una clase de hombres cuyo objetivo principal era enriquecerse a costa de lo que fuera. Muchos autores que han escrito sobre el tema han señalado que entre los conquistadores de México, por lo general, no vinieron las clases más ilustradas de la España del siglo XVI, sino ladrones, gente ambiciosa, etc., en resumen, gente sin escrúpulos cuyo objetivo principal era hacerse del oro y demás riquezas del nuevo reino, que en el suyo propio no pudieron conseguir y, para ello, se lanzaron a la aventura; muchos de ellos eran, pues, mercenarios.

Un ejemplo de esa falta de escrúpulos está, justamente, en la matanza perpetrada en contra de los habitantes de Cholula, con la clara intención de  mandar un mensaje a los aztecas acerca de lo que eran capaces los conquistadores, según lo describe magníficamente Francisco Xavier Clavijero en su obra Historia Antigua de México. Ahora bien, como resultado de la Conquista de México, que se consuma con la toma de Tenochtitlan, el 13 de agosto de 1521, los conquistadores le impusieron al indígena severos castigos y lo humillaron, una vez sí y otra también, obligándole a agachar la cabeza, a no responderles palabra alguna ni mirarles a los ojos, recibiendo a cambio sentencias como: “tú eres indio y no vales nada”. Le obligaron, también, a sangre y fuego, como es bien sabido, a cambiar de religión destruyendo sus templos y edificando sobre ellos los nuevos con las imágenes del nuevo culto. De esta forma, por razones de subsistencia, el indígena se tornó taimado, mentiroso, engañador, hipócrita, en fin,  quebrantador de las normas: aprendió a decir una cosa y hacer otra; si no, basta recordar que muchos indígenas iban a la iglesia obligados; pero, se dice, lo hacían para venerar a sus dioses que sabían estaban enterrados en el templo en cuestión.

De esta manera, se conforma, histórica y necesariamente, una conducta taimada y tramposa en las clases populares. Por su parte, la clase poderosa, en su afán de enriquecerse, ha procurado que a lo largo de los siglos se cumpla ese afán a costa de lo que sea y, en particular, quebrantando las normas establecidas. En el capitalismo moderno, por ejemplo, el afán de lucro es el rey de la conducta social y muchos lo han alcanzado bajo el manto del quebrantamiento de las normas, es decir, como fruto de la corrupción. Y, ahora, se espantan como el aprendiz de brujo que no sabe cómo volver a la botella los malos espíritus liberados por él, lanzando a coro su grito al cielo: “¡empresas mexicanas sufren más fraudes que otras del mundo con un costo de 2.6 millones de dólares en promedio!”.

Para que el mexicano deje de sentir ese placer perverso por quebrantar las reglas y se acaben, por ejemplo, la piratería, las mordidas, etc., es decir, esa nociva cultura de la corrupción, debe tener garantizado un trabajo bien remunerado, vivienda, alimentación, educación, salud, etc., lo cual es perfectamente posible, mediante la distribución equitativa de la inmensa riqueza generada en nuestro país; de lo contrario, toda medida será irremediablemente inocua.

 

 

 

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