Lealtades efímeras
Lorenzo Delfín
Donde quiera que esté con su “gobierno” itinerante, Andrés Manuel López Obrador debe estar rumiando el lento, pero inexorable, desmoronamiento de la “presidencia legítima de México”… si es que alguna vez creyó haberla construido sobre cimientos verdaderos.
El nuevo y reciente golpe político asestado a su soberbia creencia de que es “políticamente indestructible”, se lo produjo, como se está haciendo costumbre, un miembro distinguido de su equipo más cercano y cuyo blindaje contra las traiciones sólo garantizaba el propio López Obrador.
Para coronar esta su nueva desgracia, la autora del garrotazo fue su antigua y afectuosa enemiga Elba Esther Gordillo Morales, vía su falderillo histórico, Roberto Campa Cifrián, convertido ahora por obra y gracia de su alto potencial de ciega subordinación, en coordinador del Sistema de Seguridad Pública federal.
Sin esperarlo nadie, el Jefe del Gobierno del Distrito Federal (GDF), Marcelo Ebrard Casaubón, hecho a su vez a modo del camachismo desbordante de finales del siglo pasado y domesticado por López Obrador en el transcurso de su extravagante administración en la capital del país, estrenó la segunda semana de enero con la publicitada firma de un acuerdo para atacar la inseguridad del DF. El “pecado” es que lo hizo con el gobierno federal al que supuestamente no reconoce y al que el PRD, su partido, le había prometido una persecución sin freno debido al fraude electoral de 2006.
Confundido hasta la médula, a estas alturas, sobre el concepto de lealtad que le tienen sus partidarios, López Obrador debe asumir que no es ésta la primera ni la última de las jugarretas que le harán sus socios políticos, máxime que quienes sostienen a su “gabinete legítimo” a través de las cuotas legislativas y partidarias, ya han evidenciado vestigios de cansancio y, en silencio, exigen la rendición de cuentas a ese grupo de aventureros políticos trasnochados que integran el cada vez más reducido círculo lopezobradorista, sobre el uso de sus caras aportaciones y el futuro de un “gobierno” que no gobierna.
Es innegable el papel protagónico que Ebrard Casaubón desempeña en la actual y conflictiva estructura perredista, atascada en el fango que han generado las tribus internas. Es también insoslayable que su actuación al frente del GDF significa el retorno y la futura reafirmación de Manuel Camacho Solís, su padrino y mentor.
En firme, Ebrard delinea ya su propia imagen y proyecto político cuyo futuro inmediato es una candidatura a la Presidencia de la República. Sabe que seguir cobijado por la grotesca “presidencia legítima de México” lo coloca en el escenario de la burla en cuyo centro se encuentra López Obrador. Sesgarse a tiempo, es la consigna.
Sobran argumentos para que al eternamente ensoberbecido López Obrador su médico le pueda diagnosticar depresión profunda. Al fenómeno Ebrard le antecedieron otros hechos de igual manufactura para regocijo de un presidente constitucional, Felipe Calderón, que está ávido de reconocimientos como tal, y más si provienen de sus detractores.
La lista de perredistas maiceados la encabezan los gobernadores de Michoacán, Lázaro Cárdenas Batel; de Zacatecas, Amalia García Medina, y los políticamente conversos mandatarios de Chiapas y Guerrero, Jaime Sabines y Zeferino Torreblanca. Además, la presidenta de la mesa directiva en la Cámara de Diputados, Ruth Zavaleta, y el gobernador electo de Michoacán, Leonel Godoy Rangel, otro espécimen oportunista y reciclado como lopezobradorista fugaz. Por si fuera poco, la gran mayoría de legisladores del sol azteca que aprobaron la Ley de Ingresos de 2008 y que tiraron a loco a López Obrador en su lacrimógena y autoritaria orden epistolar de rechazar el plan económico de Felipe Calderón.
Con estas lealtades, cualquier político de manufactura férrea estaría en la antesala de un hospital psiquiátrico en espera de atención urgente.
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