Economía y Cultura
Edgardo Lara

La situación económica mundial se presenta cada vez más preocupante: por un lado, la riqueza concentrada en unas manos es cada día mayor, mientras que los salarios, por otra parte, son bajos; estas diferencias abismales en la repartición de la riqueza generada no se dan sólo en el ámbito de lo material, sino que se extienden también a todos los aspectos de la vida de los individuos; en la actualidad resulta claro y evidente que la educación, la ciencia y, sobre todo, la cultura, son patrimonio, prácticamente exclusivo, de los dueños del dinero.

El hecho de que la cultura se concentre en las mismas manos en las que está concentrada la riqueza generada en el mundo no es casual y la relación entre los dos miembros del binomio economía–cultura es dialéctica, en el sentido en que esta relación es de interdependencia y no se puede definir una como causa de la otra y la otra como efecto. No se puede, pues, considerar la cultura sin tomar en cuenta el aspecto económico de la misma, así como no se puede hablar de desarrollo económico sin considerar el aspecto cultural. Lo cierto es que los economistas, en general, nos ocupamos poco o nada de la cultura, a pesar de ser éste uno de los temas más importantes de la vida humana. En efecto, los especialistas del desarrollo económico, más preocupados por alimentar a los hambrientos y por eliminar la pobreza, se molestan, y hasta se irritan, a menudo, ante un interés por la cultura, que les parece prematuro en un mundo donde las privaciones materiales son todavía tan numerosas.

Puede sonar alarmante ocuparse de la cultura -poesía, música, pintura, danza, teatro- mientras la gente muere de hambre, de desnutrición o de enfermedades que serían fáciles de prevenir con una simple tableta que no costaría más de 10 pesos. Muchos dirían: ocupémonos primero del crecimiento económico y de los problemas del desarrollo y después de la cultura. Y a pesar de que los economistas que presentan estas objeciones pueden estar inspirados en una preocupación sincera y sentida por el desarrollo y la superación de las limitaciones materiales que azotan a la población mundial, una concepción del progreso que disocia tan artificialmente los elementos de la realización humana y aísla las “etapas del desarrollo” de forma tan tajante es poco realista e indefendible. Incluso, el llamado padre de la economía, Adam Smith -quien fuera profesor universitario de moral-, afirmaba que la economía resulta inoperante si no se comprende el papel de los “sentimientos morales”.

Las necesidades propias de la cultura no son, pues, independientes de las preocupaciones materiales, ni tampoco esperan pacientemente su turno para ser satisfechas, detrás de éstas. En los distintos ambientes, en particular en el académico o el político, hablar de cultura y ocuparse de ésta a través de estudios o proponiendo medidas prácticas para su difusión puede suscitar reacciones de descalificación inmediata; sin embargo, ya lo decía José Vasconcelos refiriéndose al tema: “La cultura engendra progreso y sin ella no cabe exigir de los pueblos ninguna conducta moral”. En una época en que la cultura de cualquier pueblo se presenta como un posible apoyo para relanzar el desarrollo económico, complementado con políticas económicas redistributivas tendientes a aliviar los problemas de pobreza y marginación, sería conveniente que tanto los economistas como los hacedores de políticas económicas no olviden considerar la cultura como un factor activo en el desarrollo económico y humano.

 

 

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