El capital y los dos polos de Bélgica
Azucena del Campo

El capital es una monstruosa aspiradora de trabajo. Su existencia depende de que devore trabajo humano vivo, en forma de fuerza de trabajo y, también, muerto, en forma de gigantescas cantidades de medios de producción que actúan como materias primas, como herramientas o como potentes máquinas. El capital necesita el trabajo vivo porque, por más avances y descubrimientos increíbles que aparezcan, sigue siendo la fuerza humana de trabajo la que produce absolutamente toda la riqueza social y, el capital consume también trabajo muerto, petrificado, porque sólo así logra exprimir cantidades cada vez más fabulosas de trabajo vivo en menores unidades de tiempo. No obstante, las cantidades de trabajo vivo absorbido por el capital ceden en importancia ante los volúmenes de trabajo muerto, los muertos mandan sobre los vivos en el sombrío mundo del capital y generan multitudes de desocupados y seudoocupados que inundan y amenazan, incluso, a las ciudades más grandes y desarrolladas.

La absorción de trabajo y medios de producción es concentración; concentración a la que vienen a añadirse las fusiones, ahora tan en boga, de los capitales individuales o ya antes fusionados a su vez. Contemplamos, pues, en la actualidad, enormes empresas en las que confluyen miles de millones de dólares o de euros, ocasionando, como necesaria consecuencia, la existencia de amplias áreas geográficas en las que el capital se ausenta casi por completo, la oferta de empleos y la consecuente circulación de salarios convertidos en mercado interno disminuye y casi se paralizan regiones enteras.

Ha surgido así, como efecto del capital, de su concentración y centralización, la disparidad enorme entre la ciudad y el campo, la diferencia abismal entre países y, desde hace algún tiempo y que es el caso que ahora me ocupa, la insólita división en los niveles de progreso y desarrollo en el interior de un mismo país. Tal es la situación de Bélgica, país de la Europa del primer mundo en el que, por los últimos meses, ronda la que en otros tiempos fuera impensable idea de que el país corre riesgo de fragmentarse y convertirse en Bélgica del Norte y Bélgica del Sur.

Valonia es, digamos, la mitad sur de Bélgica. Ahí están las ciudades de Lieja, Namur y Charleroi de las cuales, para los ignorantes, como su segura servidora, sólo resulta conocida Lieja, y eso de oídas no de vistas. Flandes, por su parte, es la mitad norte y en ella están la capital, Bruselas, Amberes, Gante, Brujas y Ostende, entre otras, las cuales, por diversas razones, resultan más escuchadas por parte del gran público. Importa añadir que los habitantes de la región sur son principal, aunque no únicamente, de origen francés y hablan ese mismo idioma, y los del norte son de origen flamenco y hablan flamenco; en Bélgica, la capital, la gelatina es combinada.

La concentración del capital en Bélgica, sobre todo a raíz de la importante baja en la explotación de las minas de carbón y de la disminución de la explotación del acero, ocasionó que Valonia se transformara de una de las regiones más ricas del mundo, como era considerada hace 100 años, en una de las más atrasadas, con una tasa de desempleo oficialmente reconocida del 26 por ciento, con casi sólo empleos temporales y llena de viviendas pequeñas e insalubres. Ocasionó que Flandes, por su parte, se haya convertido en la segunda región ensambladora de automóviles del mundo, que posea una pujante industria química y reciba muchísimo turismo, causa de un gran desarrollo de su sector de los servicios.

El tema del abismo que existe entre la Bélgica flamenca, desarrollada, y la Bélgica francófona y en ruinas, saltó a la palestra mundial porque hace ya seis meses que hubo elecciones y todavía no se ha podido instalar el nuevo gobierno porque las fracciones flamenca y francófona no se ponen de acuerdo. No se ponen de acuerdo porque los poderosos empresarios flamencos ya no quieren que el dinero de sus impuestos se gaste en programas sociales y de apoyo al desempleo en Valonia. Es, pues, un problema de dinero.

Pero la sangre no ha llegado al río. Ni flamencos ni francófonos quieren llegar a la ruptura, no quieren formar dos países. No, porque los capitales flamencos tienen que contratar tanto mano de obra flamenca, como valona; tienen que contratar esta última ahora, y tendrán más necesidad de contratarla en el futuro, porque la población flamenca envejece más rápidamente que la valona. Los valones, por su parte, aunque se den cuenta que se están convirtiendo en las barriadas obreras de la región flamenca desarrollada, saben que su empleo en un país más diminuto sería mucho más difícil; una separación, por tanto, sería para ellos, saltar de la sartén a la lumbre. En pocas y resumidas palabras, los belgas flamencos y francófonos no se quieren divorciar porque si no hay obreros asalariados, no hay capital.

El ejemplo de Bélgica nos revela palmariamente los efectos devastadores del capital. Lo que debería de haber ido evolucionando hacia una mayor unión de dos comunidades humanas, hacia un mayor desarrollo de todos los que viven en un territorio del tamaño de una cáscara de nuez, ha ido avanzando peligrosamente a una división por lenguas y regiones y, sobre todo, ha ido causando una abismal división de niveles de vida entre seres humanos que, como se ve, se necesitan y se necesitarán unos a otros cada vez más en el futuro. ¿Cómo ve usted al capital? ¿Eh?



 

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