Pakistán. Crimen del imperialismo y gobierno
Azucena del Campo
El mundo entero quedó estremecido por el asesinato de la líder opositora de Pakistán, Benazir Bhutto, el pasado jueves 27 de diciembre. Los informes del crimen fueron confusos, calculadamente confusos. Primero se dijo que había muerto a causa de varios balazos en el cuello y la cabeza cuando se retiraba de un mitin con sus simpatizantes, luego se intentó precisar que había habido una explosión causada por un fanático suicida y, finalmente, se hizo saber que a resultas de los tiros o del estallido o de las dos cosas juntas, se había golpeado la cabeza cuando intentaba ella misma -o con ayuda de sus guardias- ocultarse en el interior de su automóvil.
Benazir Bhutto había regresado a Pakistán apenas el pasado 18 de octubre; lo había hecho para contender en las elecciones legislativas del próximo 8 de enero de las que se derivará un nuevo primer ministro. Poco antes de su partida, en la ciudad de Dubai en los Emiratos Árabes, escribió un artículo en el que afirmaba que pretendía luchar por hacer de Pakistán una nación democrática y citó entonces a un severo crítico de la democracia occidental, a José Stalin, quien dijo que “los que emiten el voto no deciden nada, los que cuentan los votos lo deciden todo” y, quizá previendo lo imposible de su tarea ante un valido de los Estados Unidos como Pervez Musharraf, escribió: “No se qué me espera en lo personal y en lo político una vez que salga del aeropuerto. Oro por lo mejor y me preparo para lo peor”. Y, en efecto, el mismo día de su llegada, una potentísima explosión dejó más de 140 muertos entre la multitud que fue a recibirla y ella salvó su vida de milagro.
Pakistán tiene una historia peculiar. Como muchos otros países en el mundo, no se comprendería sin el colonialismo, sin la dominación de unos países por otros, en este caso, sin la dominación británica en la India iniciada en el siglo XIX y terminada formalmente a mediados del siglo XX, poco después de la Segunda Guerra Mundial. El Pakistán original lo formaron algunas provincias de mayoría musulmana, que se separaron de la India y que fueron vistas con muy buenos ojos por los imperialistas ingleses y norteamericanos, quienes contaban así con un debilitamiento de la India que nacía como un país inmensamente poblado. A pesar de ello, Pakistán no se mantuvo completo, pues en 1971, una porción del oriente, separada del resto por la misma India, se separó y formó lo que ahora se conoce como Bangladesh; el resto, salvo Cachemira, una provincia que todavía está en disputa con la India, se mantiene unido, tiene una superficie que es dos veces el estado de California y en él habita la nada despreciable cantidad de 165 millones de personas.
Precisamente porque el país tiene su origen más en disputas coloniales que han alentado sentimientos religiosos, que en una burguesía nacionalista vigorosa e independiente, Pakistán ha vivido una continua inestabilidad. Ha padecido tres guerras con la India, cuatro golpes de Estado que han llegado a la ejecución de su jefe de gobierno, como fue el caso de Zulfikar Ali Bhutto, el padre de Benazir Bhutto y, últimamente, sufre en su interior el fortalecimiento de grupos islámicos fanáticos que al calor del uso del Islam como elemento aglutinador y antiimperialista, han llegado a amenazar seriamente la precaria estabilidad de Pakistán.
Como complemento indispensable a las confusiones urdidas para cubrir la retirada de los asesinos materiales y, sobre todo, intelectuales de Benazir Bhutto, el propio gobierno de Pervez Musharraf responsabilizó del atentado en un primer momento, a la organización terrorista Al-Quaeda tomando como base una supuesta intercepción de una llamada telefónica de alguno de sus dirigentes en la que éste habría felicitado a los autores materiales del atentado, acusación que luego completó el gobierno asegurando que la misma organización se responsabilizaba del homicidio para, finalmente, tener que tragarse el sapo de que algunos de los más conspicuos representantes de Al-Quaeda en Pakistán rechazaban tajantemente cualquier responsabilidad en el asesinato de Benazir Bhutto y culpaban a los servicios secretos del gobierno. Total: el enredo enredado.
¿Quién pues mandó matar a Benazir Bhutto? Recuerdo a mis amables lectores que quienes colaboramos con buzos no somos lo que vendría siendo agentes del ministerio público de Pakistán, ni tampoco espías escondidos atrás de las cortinas de las más exclusivas oficinas gubernamentales de ese país asiático; nuestras opiniones, por tanto, son conclusiones de carácter político, que pretenden ayudar a quienes nos favorecen con su tiempo e interés a formar su propio criterio a partir de nuestras modestas consideraciones. No tengo, en consecuencia, ni grabaciones ni fotografías de quienes planearon el sacrificio de Benazir Bhutto, no los tengo, pero lo que sí sé es quiénes salieron beneficiados con su muerte.
¿Quiénes? Estados Unidos y el gobierno de Pervez Musharraf. Con todos los inconvenientes que pueda tener la imagen de Pervez Musharraf en el mundo, con todo y que a pesar de que Estados Unidos está supuestamente con los gobernantes democráticos, y Pervez Musharraf haya llegado al poder mediante un golpe de estado y, con todo y que apenas haya renunciado mediante un acto teatral a dirigir formalmente al ejército, siempre será más confiable para los intereses imperiales el presidente de facto, que Benazir Bhutto que tenía escrúpulos y hablaba de libertades y democracia y, siempre será más confiable Musharraf que los fanáticos islamistas que ya abundan y rondan el poder en Pakistán. La mejor prueba pública que encuentro de la complicidad de Estados Unidos en el crimen de Benazir Bhutto consiste en que, por interés del propio Estados Unidos y ya desde hace casi 10 años, Pakistán es una potencia atómica, o sea, Pervez Musharraf tiene en su poder más o menos 60 bombas atómicas, y después del homicidio de Benazir Bhutto las sigue teniendo tranquilamente en su poder y a su disposición. Pervez Musharraf sólo tuvo que escuchar una condena en general y una llamada telefónica de George Bush. Algo así como las reconvenciones que les dan las madres consentidoras a sus hijos y a quienes, en el fondo, las dejan muy orgullosas las fechorías de sus engendros.
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