Buenos propósitos...
Brasil Acosta Peña
Por lo general, la llegada de fin de año motiva la reflexión sobre los aciertos y desaciertos de la vida cotidiana de la gente para, sobre la base del análisis, hacer una serie de propósitos que sirvan para mejorar la conducta individual. El que no hizo deporte, por ejemplo, se propone hacerlo con denuedo y entusiasmo, llegando el año siguiente; el que “se pasó de copas” durante el largo año que termina, se dispone a dejar de tomar tan pronto empiece el venidero; aquél que no tuvo la ocasión de leer una novela de la literatura nacional o universal, se dispone, esta vez sí, a leerla, etc.
¿Cuál es, por lo general, el resultado de tales buenos deseos o buenos propósitos? La experiencia demuestra que no muy satisfactorio: al segundo o tercer mes del nuevo año ya se dejó de hacer ejercicio, ya se volvió a la bebida y sólo se leyeron las primeras páginas, cuando más; o bien, se argumentó que no se pudo siquiera conseguir el libro que se tenía pensado leer.
Esto es lo que sucede por lo regular. Pero ¿a qué se deben semejantes incumplimientos, hijos naturales de la falta de voluntad? A que detrás de los buenos deseos o propósitos se esconden los años de educación que hemos recibido de la sociedad capitalista mexicana, la cual, lejos de brindarle a los individuos un verdadero espíritu emprendedor y transformador de su propia conducta y de su entorno, de manera que realice lo que piensa o se propone, beneficiándose en lo individual, pero, sobre todo, que sus acciones tengan como resultado el beneficio de la sociedad en su conjunto, lo que en contraste hace es promover un modelo de vida inalcanzable para tales individuos: una sociedad de consumo en la cual el individuo aspire a acumular riquezas y lujos de los más variados; que sueñe en tener una casa grande, un coche, un televisor de plasma de última generación, diversiones cargadas de alcohol y todo lo relacionado, aspiraciones de viajar por todo el mundo, etc.
Evidentemente, estos sueños sólo pueden ser alcanzados por una ínfima e insultante minoría de los miembros de esa sociedad “modelo”, la cual amasa grandes fortunas, por lo general, apropiándose de la plusvalía formada en la producción por los obreros, pero no distribuida a éstos; mientras que, para el resto de la sociedad, queda el consumo de los sueños y la falsa creencia de que la razón por la cual esos sueños no se han podido realizar está en el individuo mismo y no en la sociedad que se encarga de generárselos.
Efectivamente, para viajar, para tener una casa, para hacer ejercicio, para poder leer un libro, etc., hay que contar con recursos y con tiempo; sin embargo, el obrero tiene que levantarse a las 4 o 5 de la madrugada para llegar a trabajar a las 7 de la mañana, terminando su horario a las 7 de la noche, momento en que empieza el retorno a las zonas marginadas en que vive, lo cual es toda una travesía. Entonces, los pobres, los humildes, tienen acceso solamente a los sueños, pero no a la realización de los mismos.
Por ende, la solución de esas quimeras promovidas por la sociedad capitalista se encuentra en la educación y en la distribución equitativa de la riqueza, pues un obrero que sepa que puede ir, por ejemplo, a visitar las famosas ruinas de Chichen Itzá, de vacaciones con todos los gastos pagados a cuenta de la fábrica en que trabaja, ya no estaría a merced de un sueño sino de una realidad concreta. Entonces, la tarea es promover una distribución equitativa y racional de la enorme riqueza generada en México, la cual, hasta ahora, es apropiada por un puñado de familias.
Ahora bien, en el terreno social también sale a relucir el espíritu de fin de año y, por ende, los “buenos deseos”. La secretaria de Desarrollo Social, Beatriz Zavala Peniche, aseveró que un millón y medio de mexicanos dejarían la pobreza en 2008. Se trata de una “estrategia integral” contra el combate a la pobreza, la cual, según se dice, promoverá la “equidad y asegurará las oportunidades para quienes viven en esa situación, y para lo cual se han asignado recursos sin precedentes en apoyo a los esfuerzos que los mismos pobres hacen en la búsqueda de dignificar a sus familias”, reveló una nota del periódico La Crónica en fecha reciente.
Pero éstos no son más que buenos deseos. Veamos: el planteamiento de asignar recursos para ayudar a salir a los pobres de su miseria, es sólo eso: un “buen deseo”, porque los paliativos en apoyo a los “esfuerzos” que hacen los mismos pobres para salir de su miseria, es decir, la entrega de recursos económicos a través de programas como el de Oportunidades para que los pobres se vuelvan “empresarios”, “emprendedores” y pongan un “changarrito”, no hacen más que dejar intactas las condiciones que hacen que la gente sea pobre: la apropiación privada de la plusvalía generada por el trabajo de los obreros.
Por eso, el viejo sueño de una distribución más equitativa y racional de la riqueza generada, con la cual se brinde a cada mexicano las condiciones dignas de vida: casa, servicios de transporte, escuelas, hospitales, etc., que se merezca según su trabajo, debe convertirse en una realidad mediante la organización y la lucha consciente de las clases trabajadoras; de lo contrario, todos los “buenos deseos” quedaran condenados al eterno reino de las tinieblas, convertidos en quimeras.
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